La Dama de Blanco (Wilkie Collins) - pág.161
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¿No quiere usted tomarse un vaso de jerez antes de marcharse?
-Muy agradecido, pero tengo el tiempo justo para tomar el tren. Ya me dará usted cuenta del resultado de la gestión. No olvide que ha de obrar discretamente.
-No se preocupe usted. El coche le espera, y el cochero le trasladará inmediatamente a la estación. Bien, si este caballero pierde el tren, tú perderás la cabeza. Hasta la vista, Merrimán. Si vuelca usted por el camino, el diablo se llevará lo, que le pertenece.
Poco era lo que yo había oído, pero me bastaba para comprender que se trataba de un apuro económico, y, además, de que Sir Percival contaba para salir de él con su esposa. Me llenaba de inquietud, inquietud exagerada acaso por mí, ignorancia en los negocios y mi instintiva desconfianza en Sir Percival, la idea de ver a Laura envuelta en las dificultades de su marido.
No salí de paseo. En lugar de hacerlo, corrí a la habitación de Laura para contarle lo que había escuchado. Recibió con tal tranquilidad estas noticias, que me hizo darme cuenta de que sabia perfectamente, mucho más de lo que yo creía, las dificultades económicas de su marido.
-Lo supuse -dijo- cuando oí decir que había venido a verle un desconocido que no quiso decir su nombre.
-¿Supones tú quién seria?
-Probablemente, algún acreedor habrá sido la causa de la visita.
-¿Sabes lo que pide?
-No. Desconozco los pormenores.
-Supongo que no firmarás nada sin enterarte antes.
-No te preocupes, Marian. Le ayudaré en lo que me sea posible, porque creo que es mi deber, pero no me comprometeré a nada. En fin, no hablemos más de esto. Veo que estas vestida. Voy a arreglarme un poco y daremos un paseo por el campo.
Cuando salimos de casa nos dirigimos a una pequeña avenida de olmos, y encontramos allí al conde Fosco. Cantaba entonces el aria del «Barbero de Sevilla». Su voz poseía esa vocalización prodigiosa que sólo tienen las gargantas italianas, y se acompañaba de una forma magistral con una mandolina. Al darse cuenta de nuestra presencia, interrumpió la canción y se inclino ante nosotras con la misma gracia con que hubiera podido hacerlo el propio Fígaro.
-Te aseguro, Laura, que este hombre sabe bastante de los apuros de tu marido -le dije a mi hermana, devolviendo el saludo al conde, de quien nos hallábamos aún a respetable distancia.
-¿Por qué lo crees?
-No se explica de otro modo el que supiese que Merrimán era el notario de tu marido. Por otra parte, al salir del comedor me dijo que algo tenía que haber ocurrido.
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