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La Dama de Blanco (Wilkie Collins) - pág.160

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Esperamos un cuarto de hora más, por ver si llegaba Sir Percival. Viendo que esto no sucedía, nos levantamos de la mesa. El conde, cuyo loro continuaba en su hombro, nos abrió la puerta, cediendo el paso a Laura y a su esposa. Al pasar yo, me paré de pronto e hice un vago ademán. El conde, como si contestara a mi idea, me dijo:
-En efecto señorita Halcombe, algo tiene que haber sucedido.
Estuve a punto de contestarle que yo no había pensado semejante cosa. Pero una mirada de sus claros ojos me obligó a bajar los míos y salir rápidamente del comedor.
Encontré a Laura al pie de la escalera. Sus palabras parecían ser un eco de las del conde. Ella también me dijo que tenía el presentimiento de que algo había sucedido.
III
16 de junio.
Muy poco he de añadir antes de acostarme.
Dos horas después de haber dejado a mi cuñado en el comedor, como todas las tardes, salí a dar mi paseo. Al atravesar el salón, vi abrirse la puerta de la biblioteca, y me correcto esperar a que los dos caballeros pasaran dos, creyéndose solos, hablaban con un tono de voz natural.
-Sir Percival, puede usted estar tranquilo -decía el notario-. Lo importante es el consentimiento de Lady Glyde.
Hacía un momento me dispensa retroceder, pero al oír el nombre de mi hermana me detuve. Confieso que si alguien cree incorrecto mi modo de proceder he de decir que soy capaz por mi hermana de escuchar, si hay necesidad de ello, por el ojo de la cerradura.
-Me comprende usted perfectamente -continuó el abogado-. Si usted desea cumplir con todas las formalidades, Lady Glyde tiene que firmar ante uno o dos testigos. Además, ha de escribir sobre la firma estas palabras: «Firmado por mi libre y propia voluntad». Si esto se hace así, tendremos terminado el asunto antes de una semana. La calma renacerá entonces. En caso contrario...
-¿Qué quiere usted decir con eso? -preguntó mi cuñado-. Le garantizo a usted que si debe de hacerse, se hará.
-De acuerdo, Sir Percival, de acuerdo. Pero toda clase de transacciones es muchas veces una espada de dos filos. A nosotros, los hombres de leyes, nos gusta examinar ambos filos. Si por una de esas extrañas circunstancias, no pudiera lograrse la firma, tal vez consiguiera yo reunir algún dinero en letras, a noventa días, pero no veo el modo de conseguir el dinero ni aun con ese plazo.
-No me interesan las letras. El dinero puede conseguirle por el primero de los medios, que usted me ha dicho. Y yo le repito que se conseguirá.


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