La Dama de Blanco (Wilkie Collins) - pág.158
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Me parece un hombre capaz de domar todo lo que tenga al alcance de la mano. Creo que si se hubiera casado con una leona la hubiera domesticado, y si lo hubiera hecho conmigo, yo estaría ahora liando los cigarrillos y, como hace su mujer, le obedecería con una sola mirada.
Este hombre, grueso, según puede verse, y viejo, según cuentan, posee una ligereza y elasticidad de movimientos realmente sorprendentes, y a pesar de la enorme fuerza de carácter que se revela en su mirada de hombre excepcional, es tan sensible y nervioso como una mujer. Cualquier rumor imprevisto le impresiona más que a Laura, y ayer tuve ocasión de verle estremecerse de pies a cabeza cuando vió a Sir Percival dar un latigazo a un perro. Esto me hace recordar otra de las cualidades de su carácter: el amor que profesa a los animales. Según cuenta él mismo ha dejado algunos de ellos en Italia, y se ha traído consigo un loro, dos canarios y unos ratones blancos. Atiende a las necesidades de todos ellos, y realmente conmueve el cariño que le profesan todos sus animales. El loro es todo lo traidor y malo que puede ser un ave, pero parece enamorado de él. En cuanto abre la jaula de los canarios, los pajarillos vuelan con confianza y cariño sobre sus hombros, y cuando él les tiende la mano, se posan en sus dedos y cantan hasta desgañitarse. Los ratones viven en una especie de pagoda de alambre, dibujada y construida por el conde. Como los canarios, son mansos y cariñosos, y corren sobre aquel cuerpo de gigante con la confianza de recibir siempre una caricia. Es curioso ver que si un inglés tuviera estas debilidades del conde, se avergonzaría de ellas y procuraría ocultarlas o disculparse. Pero el conde Fosco no ve nada de ridículo en el contraste que pueden ofrecer sus animales y su ciclópea figura. Parece como si fuera capaz de acariciar a sus blancos ratoncillos en medio de una reunión de cazadores de zorros, y aun se le cree capaz de compadecerse de éstos, como si fueran bárbaros, cuando se rieran de él.
Realmente, parece increíble que este hombre, que mima a su loro como pudiera hacerlo una soltera, hable, cuando hay motivo para ello, con una independencia tan revolucionaria de sus ideas como la que expresa siempre y posea tan vasta erudición y conocimiento tan completo de todo cuanto se ha publicado en todos los idiomas. Todas estas cualidades le conquistan inmediatamente un lugar destacado en todas partes. Por otro lado, este constructor de pagodas es, según Sir Percival, uno de los químicos más eminentes de nuestra época. Entre otras cosas maravillosas, ha inventado el medio de petrificar el cuerpo humano después de la muerte, de tal modo, que se conserva duro como el mármol durante un tiempo incalculable.
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