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La Dama de Blanco (Wilkie Collins) - pág.157

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Está más delgado que antes; su tos es la misma de siempre, pero su inquietud y nerviosismo son ahora mayores que nunca. Por lo que a mí respecta, sus maneras son menos ceremoniosas que antes. La noche de su llegada me saludó con un ligero apretón de manos, diciéndome:
-¿Cómo está usted, Marian? Me alegro de verla.
No dijo nada más. Me parece dominado por un constante malhumor. Un cuchillo fuera de su sitio, o un periódico sobre una silla es lo bastante para que mire con reconcentrado a la servidumbre. Tal vez sea que está algo contrariado. Prefiero que sea así. Creo que uno de los motivos es el siguiente: cuando llegó, le preguntó al ama de llaves si había venido a preguntar por él alguna persona, y ella le contestó que, en efecto, así había sido, y habló del caballero que preguntó si Sir Percival estaba de regreso cuando vino la señora Catherick. Sir Percival preguntó su nombre, pero el caballero no lo había dado. Preguntó con objeto de saber qué quería, pero el desconocido no había dicho nada. Sir Percival se enfureció; dió una patada en el suelo, frunció el entrecejo y entró en el castillo sin preocuparse de nadie. No puedo explicarme por qué le incomodó tanto esta fruslería. Lo mejor será que no me preocupe de ello hasta que el tiempo me dé ocasión de saberlo. Ahora me toca hablar de los dos huéspedes. Hablaré primero de la condesa, para terminar cuanto antes. Laura tenía, en efecto, razón cuando me dijo que la encontraría cambiada. Nunca he visto que el matrimonio cambie de una forma tan radical a una mujer. Cuando se casó, a los treinta y seis años, era una charlatana presumida. Sus exigencias y sus extravagantes caprichos la hacían insoportable y verdadero azote de la paciente humanidad. Ahora, como condesa Fosco y con cuarenta y tres años, es una matrona ataviada sin pretensiones, que durante largas horas puede permanecer inmóvil sin pronunciar una palabra. Se entretiene en interminables bordados de cañamazo, o bien haciendo unos cigarrillos especiales para su marido. Bajo esta compostura inalterable he creído descubrir una única pasión: los celos reprimidos, esos que siente una mujer hacia cada mujer que se acerca a su marido, aunque se trate de una criada. Prescindiendo de lo que sus ojos demuestran en estas ocasiones, es siempre la misma estatua de piedra, fría e impenetrable. Yo no puedo explicarme este cambio, y no sé por qué me empeño en ver algo siniestro en esta calma aparente. El tiempo dirá si me equivoco o no.
¿Qué decir ahora del mago que ha logrado esta transformación maravillosa? ¿Qué hablar del conde? Procuraré describirle con breves palabras.


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