La Dama de Blanco (Wilkie Collins) - pág.156
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Me asegura que está lo misma que antes, pero para mí ha cambiado mucho. No es que sea menos bella de lo que fué. Lo es de otro modo. Posiblemente, su belleza se encuentra ahora en pleno apogeo, pero aquella dulce e inocente ternura que iluminaba sus ojos, que se reflejaba en todo su semblante, que no puede describirse, y, como el pobre Walter decía, ni pintarse, se ha perdido.
He notado otro cambio más. Se muestra muy reservada en todo lo que se refiere a su vida matrimonial. Sus cartas ya me habían preparado a esta transformación. La primera vez que intenté aludir a este asunto, me tapó tos labios con la mano, diciéndome:
-Si aceptamos la vida tal como es, si hablamos de ella lo menos posible, seremos muy felices una al lado de otra, querida Marian -y añadió luego abriendo y cerrando con nerviosismo la hebilla de mi cinturón-: Te contaré todo lo que quieras, querida, si tus preguntas no aluden a nada más de todo esto. No es porque haya ocurrido nada terrible, pero tanto por ti como por él y por mí, debemos prescindir de todo esto. ¡Ah, querida Marian! Qué alegría siento viendo otra vez tu cara de gitana buena. -Se sentó en mis rodillas y me dijo de pronto -: Prométeme que no te casarás nunca, ni me dejarás. Créeme; a no ser que se quiera mucho, infinitamente, al marido, se está mucho mejor soltera. -Me cogió las manos, se tapó el rostro con ellas y me preguntó-: ¿Cuántas cartas has escrito, hermanita? -Luego bajó la voz y me preguntó apresuradamente- ¿Qué sabes de él? ¿Está bien? ¿Es feliz? ¿Sabes si me ha olvidado?
Reconozco que no debiera haberme hecho estas preguntas. Debí haberle recordado la prohibición que ella misma me había impuesto. Pero no hay ninguna mujer que tenga el valor suficiente para borrar de su corazón la imagen que ha grabado el amor en él. Por los libros sabemos que no existen seres tan sobrenaturales, pero lo niega la experiencia.
Hube de contestarle la verdad, es decir, que no había recibido carta alguna de él ni tenía de su vida la menor noticia.
En nuestra primera entrevista me han entristecido muchas cosas. Primero: que entre nosotras comienza a haber un asunto prohibido; segunda, que por todo ello comprendo que las relaciones de Laura y de su marido distan de ser las que debieran, y la tercera, la seguridad de que su desgraciado amor alienta en su alma con más fuerza que nunca. De todo esto tan triste, lo único que me consuela es que para mí ha vuelto como siempre, encantadora, tierna y cariñosa.
Teniendo que hablar de sus compañeros de viaje, el primer puesto debe ser ocupado por su marido.
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