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La Dama de Blanco (Wilkie Collins) - pág.154

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A la llamada acudió una de las criadas más gordas y estúpidas de la casa. Tenía en los labios una sonrisa imbécil, capaz de dar fin a la paciencia de un santo.
-¿Por qué se ríe usted de ese modo? -le pregunté- ¿Sabe de quién es este perro.
-No, señorita -dijo acercándose. Luego, viendo la herida, exclamó señalándola y riendo de nuevo-: Es cosa de Baxter.
-¿Y quién es ese bruto que se llama Baxter? -pregunté con exasperación.
La doncella rió con mayor franqueza y me contestó:
-Con el permiso de la señorita, es el guarda. Tiene la orden de tirar a todos los perros que encuentre. Creo que éste se morirá. No me cabe duda que es cosa de Baxter.
En aquel momento hubiera deseado que hubiese disparado sobre la doncella, en vez de hacerlo sobre el pobre animal. Comprendiendo, por otra parte, que era inútil esperar nada de aquella imbécil, le dije que llamara al ama de llaves, que siempre me había parecido más sensata y con cierta educación. Se presentó con un poco de leche caliente, pero en cuanto vió al perro cambió de color y dijo:
-¡Dios nos ampare! Seguro que es el perro de la señora Catherick.
-¿Cómo? -pregunté sorprendida.
-¿Conoce usted a la señora Catherick, señorita? -me preguntó también sorprendida el ama de llaves.
-Personalmente, no. Sin embargo, he oído hablar de ella.
-¿Tiene, alguna noticia de su hija?
-No, señorita. Vino aquí a ver si sabíamos algo. Según contó, ayer había oído por estos alrededores que una señora, cuyas señas eran las de su hija, encontrábase por las inmediaciones. Pero nosotros nada sabemos de esto, y tampoco en la aldea, donde mandé a preguntar. Estoy casi segura que traía consigo a este perro, sin duda, se habrá perdido por el parque y habrán hecho fuego sobre él. ¿Dónde lo encontró usted, señorita?
-En aquella cabaña que hay al lado del lago.
-Claro. Se habrá escondido allí para morirse. Los perros siempre hacen lo mismo. Pruebe usted a darle un poco de leche, que yo, mientras, le lavaré la herida. Me parece que es demasiado tarde, pero nada perdemos haciéndolo.
La señora Catherick. Continuaba sonando en mis oídos este nombre, y cada vez me recordaba las recomendaciones de Walter Hartright. Desde aquel momento, me decidí a averiguar todo cuánto me era posible.
-¿Ha dicho usted que la señora Catherick vive en los alrededores? - pregunté.
-¡Oh, no! Me parece que al otro lado del condado.
-¿La conoce usted desde hace mucho tiempo?
-Siento una gran lástima por esa pobre mujer, y me hubiera gustado verla.


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