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La Dama de Blanco (Wilkie Collins) - pág.153

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Pero probablemente estas gentes no le tienen miedo a la humedad, ni a las ratas. Como yo sí lo tengo, me di prisa en demostrar mi incompetencia, sacudir el polvo de mis faldas y obtener la aprobación de la buena señora. Nos dirigimos después al ala derecha, y me dijo que había sido construida en tiempos de Jorge II. Esta es la parte de la casa que se ha habilitado como vivienda. Ya he dicho que mis habitaciones se encuentran en el primer piso, como también los demás dormitorios. Las salas destinadas a recibir, situadas en la planta, están amuebladas según el gusto moderno, y no carecen de ningún refinamiento. Tienen tanta riqueza como lujo y buen gusto. Ante la casa se encuentra un pequeño jardín cerrado a ambos lados por las dos alas del edificio, y dando frente a la puerta de acceso. En su centro hay un estanque en el que se ven peces de colores, y está bordeado por un suave césped. A su orilla estuve hasta la hora de comer. Después, con mi gran sombrero de paja, comencé a recorrer el parque. Mi impresión es la misma que anoche. Demasiados árboles por todas partes. A la izquierda sé encuentra otro jardín lleno de flores, y fui a él a ver qué podía encontrar de nuevo entre ellas. Poco trabajo me costo ver que era un jardín pequeño y mal cuidado. Continué andando y vi que terminaban de pronto los árboles, y que me encontraba ante el lago de las aguas negras que daban nombre al castillo. Es muy grande, y por una parte está rodeado de ciénagas, en las que las ranas y las ratas de agua han construido sus viviendas. A la orilla se ven los restos de un pontón. Vi que dentro conservábanse aún algunas sillas, un banco y una mesa. Entré para descansar allí un momento. Apenas me hube sentado, oí a mis pies unos débiles gemidos. No se alteran mis nervios fácilmente, pero en aquella ocasión me levanté de un salto, pues aquel paraje no podía ser más siniestro y solitario. Haciendo acopio de valor, levanté la silla en que me había sentado. En un rincón, acurrucado, hallábase la inocente causa de mi terror: era un pobre y pequeño perro blanco y negro. Aullaba débilmente, y aunque le llamé, no se movió. Me acerqué a él y vi que el pobre animal estaba manchado de sangre y sus ojos se vidriaban por momentos. Lo cogí y haciendo de mi falda una especie de hamaca lo deposité en ella, procurando hacerle el menor daño posible. Como quiera que no se hallaba nadie en el vestíbulo, volví a mi habitación, acomodé al pobre animal sobre un chal mío y tiré del cordón de la campanilla.


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