La Dama de Blanco (Wilkie Collins) - pág.151
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La mañana fué horrorosamente fría y nevó sin descanso. Laura se levantó más tranquila de lo que estuvo ayer. A las diez estaba ya vestida. Realmente, parecía un ángel. Nos hemos besado prometiéndonos tener valor. Para no perderlo, me he refugiado un momento en mi alcoba. De mi imaginación no escapa la idea de que pueda ocurrir todavía algo que impida el matrimonio. Ignoro si el novio comparte esta preocupación, pero constantemente mira al camino, como si temiera que de él llegara algo desagradable. No puede ocultar su ansiedad. Me doy cuenta de que estoy escribiendo tonterías. Dentro de media hora saldremos para la Iglesia.
Son las once de la mañana. Todo ha terminado. Se celebró la boda
Ahora, a las tres de la tarde, me dejan. Las lágrimas me impiden ver más. N
quiero continuar escribiendo
FIN DE LA PRIMERA EPOC
CONTINUA LA HISTORIA MARIAN HALCOMBE
I
Blackwater Park Hampshire.
Día 11 de junio de 1850.
Estoy en el castillo de Blackwater, en Hampshire. Es un antiguo e interesante castillo solariego de los ilustres varones de Glyde, según cuentan las crónicas de la provincia. Ahora puedo añadir yo que es la residencia actual de Marian Halcombe. Ayer dejé Limmeridge. Laura me escribió desde París, y he llegado aquí para esperarlos. Probablemente pasarán en el castillo el verano y el otoño. Laura, para reponerse de las fatigas producidas por los viajes y las diversiones, y su marido, de los gastos que le han proporcionado ambas cosas. Creo que estaremos todos contentos.
De todos mis amigos, el primero que acude a mi imaginación es Walter Hartright. Me escribió desde Honduras no hace mucho tiempo. Un mes después supe por un periódico americano que la expedición había partido hacia el interior. Desde entonces carezco de noticias suyas. Ni Walter ni los periódicos han hablado más de la expedición.
La misma sombra y el mismo misterio rodean a Ana Catherick. Incluso el notario de Sir Percival ha perdido las esperanzas de encontrarla.
El buen señor Gilmore ha tenido un pequeño ataque apoplético, y se ha visto obligado a dejar su despacho en manos de su socio. El médico le ha ordenado que guardara un absoluto reposo intelectual durante una larga temporada. Ahora ha ido a Alemania, vive en casa de unos parientes allí establecidos. Con él he perdido también a otro buen amigo y excelente consejero. Espero, sin embargo, que no sea para mucho.
Como era imposible dejarla sola en Limmeridge, he acompañado a la buena señora Vesey a casa de una hermana suya más joven. Tiene un pensionado. Vivirá allí algunas temporadas, y el resto aquí, con nosotras.
No creo cometer injusticia ninguna diciendo que el señor Fairlie se ha alegrado infinitamente de que le dejáramos libre la casa.
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