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La Dama de Blanco (Wilkie Collins) - pág.150

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El conde le dirigió una sentida y sensata carta, que, desgraciadamente, quedó sin contestación. Todo esto es lo que sé del amigo de Sir Percival. Nadie sabe si algún día volverá a Inglaterra, y si yo llegaré conocerle.
Día 20
Aborrezco con toda mi alma a Sir Percival. Niego radicalmente que sea un hombre guapo, y proclamo que se trata del hombre de genio más insufrible que puede existir. Llegaron ayer las tarjetas del nuevo matrimonio, y al ver la cartulina, donde Laura Fairlie se convierte en Lady Glyde, sonrió con una complacencia odiosa y murmuró a oídos de mi hermana unas palabras que la hicieron palidecer, sin prestar el menor cuidado a su mortificación. Es un salvaje y no tiene consideración ni delicadeza. Repito que le odio con toda mi alma.
Día 21
Todo es confusión y tristeza en este día. No sé cómo podré escribirlo, y, no obstante, me doy cuenta de que cualquier cosa es mejor que continuar entregada a mis sombríos pensamientos. La buena señora Vesey, a quien todos hemos descuidado un poco durante los últimos tiempos, nos ha dado una triste mañana, probablemente sin querer. La buena señora se ocupaba desde hacía tiempo en confeccionar un chal de lana, blanca como regalo de boda para su discípula. La señora Vesey y Laura se han abrazado llorando. Yo apenas si he tenido tiempo de enjugar mis lágrimas, para acudir a presencia del señor Fairlie, que me había llamado para notificarme todas las precauciones que habían sido adoptados con el objeto de preservar su preciosa persona del tumulto y del fastidio en el anormal día de la boda. A cambio de todas estas manifestaciones egoístas y órdenes de la misma naturalezas, me dispuse a decirle unas cuantas cosas desagradables de las que yo acostumbro, cuando me anunciaron la llegada del señor Arnolds.
No podría describir el resto del día. Creo que nadie de la casa sepa nunca cómo transcurrió. Nos apresurábamos todos a hacer alguna cosa, aun cuando fuera deshacer algo que otros ya habían hecho, para hacerlo de nuevo, particularmente, Sir Percival estaba casi en pleno ataque de nervios. No podía continuar cinco minutos en el mismo sitio. Sus tos breve y seca no le abandonaba un solo momento. En medio de todo este maremágnum, Laura y yo, por primera vez en nuestra vida, evitábamos encontrarnos a solas. Nos destrozaba el alma la idea de la demasiado próxima separación. No sé qué será de mi vida futura, pero cualesquiera que sean los sufrimientos que me estén reservados, contemplaré siempre este 21 de diciembre como el más insoportable e interminable día en mis recuerdos.
Día 22.
Hace un día espantoso.


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