La Dama de Blanco (Wilkie Collins) - pág.101
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He aquí un día de inquietud terminado felizmente.
-En efecto -repuso ella-, no hay ninguna duda sobre ello. Me complace verle a usted tan satisfecho.
Sí, lo estoy -contesté-, y también lo estará usted con esta carta en la mano.
-¡Oh, sí! -contestó-, no tengo otro remedio -y añadió, hablando mas para sí que para mí-: Pero hubiera deseado que se encontrara presente el señor Walter Hartright, con objeto de saber la opinión que le merecía la proposición de escribir esta carta.
Me sorprendió y me hirió un poco el oír estas palabras.
-Bien es verdad que los acontecimientos han mezclado de una forma muy directa a este señor en el asunto de la carta -le dije-, y admito francamente que su conducta merece todos sus elogios por su delicadeza y discreción. Sin embargo, no puedo comprender qué benéfico influjo hubiera ejercido en este momento su presencia, para lograr tranquilizarla más que lo que han debido hacer las explicaciones de Sir Percival.
-Tiene usted razón. Olvide usted esto -murmuró vagamente-. No discutamos más sobre ello. Sobre este particular, su presencia, señor Gilmore, será mi mejor guía.
No me gustó en forma alguna esta manera de descargar sobre mis hombros toda la responsabilidad. Si la señorita Fairlie lo hubiera hecho, no me hubiera sorprendido, pero la señorita Halcombe, tan inteligente y decidida, era la última persona en el mundo que yo esperaba retrocediera ante la idea de expresar una opinión propia.
-Sí todavía le atormenta a usted alguna duda -le dije-, ¿por qué no me la manifiesta francamente? ¿Tiene usted algún motivo para desconfiar de Sir Percival? Dígamelo claramente, se lo ruego.
-No, ninguno.
-¿Le parece a usted verosímil o contradictoria su explicación?
-¿Cómo, después de las pruebas que me ha dado de la veracidad de sus palabras? ¿Qué testimonio puede haber mejor que el de su propia madre?
-Ninguno, en efecto. Si es favorable la contestación a esta carta, no veo por qué hemos de esperar más de Sir Percival sus amigos.
-Entonces, enviemos esta carta al correo -dijo, levantándose con objeto de salir de la habitación-, y no hablemos hasta que llegue la respuesta. No le preocupen a usted mis vacilaciones. La única explicación que tienen es que he sufrido mucho estos días a cansa del porvenir de Laura. Los nervios mejor templados, señor Gilmore, los desequilibra el sufrimiento y la inquietud.
Me dejó de pronto y su voz, tan firme y sonora por lo general, se alteró al pronunciar estas palabras. ¡Qué naturaleza tan sensible, valiente y apasionada, poseía esta mujer, única entre diez mil, en una época tan frívola e intrascendente! La conozco desde sus primeros años, y en más de una difícil crisis de familia he tenido ocasión de admirarla.
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