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La Dama de Blanco (Wilkie Collins) - pág.51

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El señor Fairlie me ha hecho una consulta a propósito de asuntos domésticos.
Laura entró en el comedor. Como de costumbre, nos saludamos. Su mano me pareció más fría que otras veces. Estaba pálida y no me miró. Incluso la señora Vesey se dió cuenta de que algo anormal ocurría en cuanto entró en el comedor.
-Tal vez sea el tiempo dijo la -señora-. Se acerca el invierno. Sí, querida, estamos muy cerca del invierno.
Pero en el corazón de los dos, el invierno ya había llegado.
Nuestro desayuno primero, tan lleno antes de animadas y deliciosas discusiones sobre los planes del día, fué esta vez corto y silencioso. Parecía que Laura se sentía oprimida por las largas pausas y que suplicaba a su hermana que las llenara; ésta, después de alguna vacilación totalmente Impropia en su carácter, dijo:
-He hablado con tu tío esta mañana, Laura. Cree que debe disponerse el cuarto púrpura y me ha confirmado lo que, yo ya te había dicho: que es el lunes, y no el martes.
Al pronunciar estas palabras, Laura fijó la mirada sobre la mesa. Sus manos se crisparon sobre, la servilleta. La palidez de su rostro se comunicó a sus labios, y éstos comenzaron a temblar visiblemente. Creo que todos notamos estos síntomas, y, sobre todo, Marian, que, para disimularlo, se levantó de la mesa.
Laura y la señora Vesey salieron juntas de la habitación. Los bellos ojos azules me dedicaron una mirada en la que se adivinaba la tristeza de una próxima despedida que había de ser eterna. En mi propio corazón, que me advertía amargamente que no tardaría en perderla y que la quería más que nunca, encontré la respuesta.
Cuando se hubo marchado, salí al jardín. Marian, junto a la gran puerta que daba a él, con el sombrero y el chal en la mano, me miraba atentamente.
-¿Me puede usted conceder unos minutos antes de entregarse a su trabajo?
-Con, mucho gusto, señorita Halcombe -contesté-. Siempre puedo hacerlo cuando se trata de servirla.
-Quiero tener una pequeña confidencia con usted -añadió-. Tome usted el sombrero y salgamos al parque. Creo que a estas horas nadie nos molestará.
Al salir nos encontramos con uno de los ayudantes del jardinero, que se dirigía a la casa con una carta en la mano. Marian le detuvo.
-¿Es para mí? -preguntó.
-No, señorita -repuso el muchacho, mostrándosela-. Es para la señorita Laura.
-¡Qué letra más rara! -murmuró Marian, cogiendo la carta y examinándola-. ¿Quién podrá escribirle? -Luego, dirigiéndose al muchacho, preguntó-: ¿Quién te la ha dado?
-Una mujer, ahora mismo, señorita.
-¿Quién?


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