La Dama de Blanco (Wilkie Collins) - pág.50
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Si embargo, había algunas sensaciones, experimentadas en común, que, a pesar de estos cambios y tal vez a consecuencia suya, parecían querernos unir más íntimamente, a pesar de que otras sensaciones empezaban ya a separarnos.
En mi confusión y perplejidad, en mi recelo de que algo oculto apareció ante nosotros y que yo, por mí mismo, había de descubrir con mi único esfuerzo, dirigía mis suplicantes miradas a Marian, como si rogara no su ayuda, sino las luces de la verdad.
No era posible, viviendo en una intimidad como la que compartíamos, que se produjera en nosotros la menor alteración sin que los demás, o su interés, se dieran cuenta de ello. El cambio de Laura tuvo un eco en su hermana. Pero a ella no se le escapó siquiera una palabra que pusiese de manifiesto la alteración de nuestras relaciones. Y, sin embargo, sus penetrantes ojos adquirieron entonces, la costumbre de observarme constantemente. Algunas veces me pareció leer en ellos una cólera contenida; otras, el temor, y muchas algo que yo no podía interpretar.
En esta tirantez mutua transcurrió todavía una semana. Agravada mi situación por el conocimiento de mi propia debilidad, y el demasiado tardío de mi posición de asalariado, se me iba haciendo todo intolerable. Me daba cuenta de que era necesario terminar con aquel estado de cosas. Pero para conseguirlo no sabía qué hacer ni qué decir.
Marian me salvó de esta posición humillante y triste. Sus labios me manifestaron la amarga, la necesaria e inesperada verdad. Su bondad enérgica me sostuvo en el golpe terrible que sus palabras, me ocasionaron. Su valor y su buen sentido no tuvieron dificultad en imponerse a mí y hacerme humillar la cabeza ante un suceso que era el más trágico de todos cuantos pudieron ocurrir durante la temporada que pasé en Limmeridge.
X
Cumplíanse aquel martes los tres meses de mi residencia en Cumberland. Cuando por la mañana bajé al comedor a la hora del desayuno, vi que Marian, por primera vez, no ocupaba su acostumbrado sitio en la mesa. Laura paseaba por el parque. Me saludó desde lejos, pero no se reunió conmigo. Ni de sus labios ni de los míos se había escapado una palabra que pudiera alterar la situación, y no obstante, ambos nos comprendíamos tácitamente y procurábamos no encontrarnos solos. Hasta que llegaba la señora Vesey o Marian, ella esperaba en el parque y yo en el comedor. Y pensaba que, quince días antes, ¡cuán rápidamente hubiera ido a su encuentro y con que alegría hubiese estrechado sus manos!
Transcurrieron algunos minutos y entró, Marian. Parecía preocupada y se disculpó por su tardanza.
-No he podido venir antes -me dijo-.
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