La Dama de Blanco (Wilkie Collins) - pág.49
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Aquella vida deliciosa y monótona y el aislamiento común, me embriagaban de tal modo que me dejaba sin lucha arrastrar por el encanto de aquella corriente suave.
El recuerdo del pasado, mis aspiraciones para el futuro, el sentimiento de lo falso y desesperado de mi posición, continuó culto en mis, sentimientos bajo la apariencia de una calma engañosa. Aturdido por el canto de la sirena, que dentro de mi propio corazón oía, cerré ojos y oídos a cuanto pudiera señalarme un peligro y navegué acercándome cada vez más a las rocas fatales, de mi desgracia. Me despertó el alba, al fin, acusándome de mi propia debilidad. Fué la más leal, la más bondadosa de todas las luces, porque tácitamente venía de ella. Una noche como las demás nos despedimos. Mis labios, ni ese día ni otros anteriores, habían pronunciado la menor palabra que pudiera traicionarme o sorprenderla con el conocimiento de la verdad. Pero cuando por la mañana volvimos a encontrarnos, se había operado en ella un cambio, y esta transformación me lo dijo todo.
Me horroricé entonces, y todavía su recuerdo me produce espanto, al invadir el más, íntimo santuario de su corazón y abandonarlo a las miradas de los demás, como hice con el mío. Diré tan sólo que la primera vez que ella sorprendió mí secreto fué en el mismo momento, estoy seguro, en que sorprendió el suyo, y ocurrió esto cuando su modo de ser cambió con respecto a mí en una noche.
Demasiado leal para engañar a nadie, era también, al mismo tiempo, demasiado sincera para engañarse a sí misma. Cuando se manifestaron en su corazón los primeros síntomas de lo que yo, con toda cobardía, había callado en el mío, se enfrentó con ellos diciendo resuelta y sencillamente: «Lo siento por los dos».
Yo, entonces, no supe interpretar, que esto, y muchas más cosas, decían sus miradas. Pero, en cambio, supe comprender claramente la transformación que experimentaron sus maneras, el crecimiento de su bondad y de su viveza para cumplir mis menores deseos aun antes de que los expresara; y luego, una desconocida tristeza y tirantez que yo nunca había visto en ella, además de una nerviosa ansiedad que la impulsaba a ocuparse febrilmente en algo cuando nos quedábamos solos. Ahora comprendía por qué aquellos dulces y rosados labios sonreían de una manera extraña y forzada, y por qué sus dulces ojos azules me contemplaban a veces con una angelical piedad y otras con la perplejidad inocente de un niño. Pero aún llegó más lejos la confusión de todo. Una muda expresión de temor, que era casi siempre un reproche, poníase de manifiesto en la frialdad de sus manos y en la rigidez antinatural y extraña de su rostro.
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