La Dama de Blanco (Wilkie Collins) - pág.48
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Comprendo que debiera haber recordado a tiempo mi posición en aquella casa, colocándome inmediatamente a la defensiva. Quise hacerlo, pero fué demasiado tarde. Con Laura me faltaron toda la discreción y experiencia que con otras mujeres me había servido, impidiéndome que cediera a la tentación. Mi práctica, profesional había adquirido durante varios años el hábito de hallarse en contacto continuo con mujeres de todas edades y belleza. Yo aceptaba esa situación como una parte primordial de la carrera de mi vida. Me acostumbré a prescindir de todas las simpatías propias de mi edad en el momento en que atravesaba el umbral de las casas donde daba mis lecciones, del mismo modo que prescindía de mi paraguas en el momento de entrar en la habitación. Mucho antes había aprendido a comprender que mi situación de profesor impedía en todo momento que ninguna de mis discípulas, por mi situación asalariada me cobrara un cariño especial. Esta ha persuadido de que si se me autorizaba a vivir entre discípulas jóvenes y hermosas, me convertía en una especie de animal inofensivo y doméstico del que no hay nada que temer. Esta prudente experiencia, que adquirí hacía mucho tiempo, me había llevado a través de mi modesto camino de artista por el sendero de una estricta austeridad, sin permitirme en momento alguno el menor paso dado por una senda que no fuera la del deber. Pero ahora, por primera vez en mi vida, esta experiencia y yo nos habíamos separado. En efecto, el dominio que había conseguido sobre mí mismo, alcanzado de una forma tan dura, lo perdí de tal modo que me pareció no haberlo tenido jamás. Lo perdí del mismo modo que muchos hombres, en situaciones semejantes, siempre que aparecen mujeres de por medio. Comprendo ahora que hubiera debido examinarme a mí mismo desde mi entrada en aquella casa, preguntarme por qué cualquier rincón de ella me pareció un paraíso en cuanto aparecía Laura y un desierto en cuanto salta, por qué despertaba mi atención cualquiera de las modificaciones que imponía a su modo de vestir, particularmente cuando nunca me había fijado en este detalle con respecto a otras mujeres, y, por último, por qué la contemplaba, la escuchaba y tocaba sus manos día y noche, cuando nos las dábamos, como nunca había contemplado, escuchado y tocado a mujer alguna. Todo esto debía haberlo examinado desde el fondo de mi corazón, y, al sorprender en él esta raíz nueva y extraña, arrancarla de cuajo antes de que se fortaleciera. Pero para mi confesión bastaban, como explicación de todo cuanto me ocurría, estas dos palabras: la quería.
Transcurrieron días, y semanas, y se acercaba el término del tercer mes de mi estancia en aquella casa.
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