La Dama de Blanco (Wilkie Collins) - pág.47
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No me costará demasiado esfuerzo descubrir el secreto que revela esta confesión, porque ya, indirectamente, lo he hecho. Las pobres e incoloras palabras con que en vano trato de describir a Laura, me han traicionado, al describir las impresiones que me había proporcionado su contemplación. Todos somos así. Cuando se nos ofende y cuando sirven a nuestro deseo, las palabras nos parecen monstruos.
La quería.
Conozco perfectamente la amargura y tristeza que guardan en sí estas dos palabras. Al hacer esta triste confesión, suspiro como la más sensible de las mujeres que me lea y me compadezca. Y, sin embargo, puedo sonreír con el desprecio y el sarcasmo del más cruel de los hombres que prescinda desdeñosamente de estas páginas. La quería. Despreciadme o compadecedme, pero yo lo confieso con la serena resolución que se debe a la verdad. ¿No había para mí disculpa alguna? Es posible que sí, mientras duró el contrato de mis servicios.
Una tras otra, apacibles, en la reclusión de mi propio saloncito, transcurrían las horas de la mañana. Me había entregado a la tarea de restaurar las acuarelas del inválido, y tenia suficiente trabajo para ocupar las manos, y los ojos en una tarea agradable. Pero, mientras tanto, mis libres pensamientos gozaban el peligroso lujo de que nadie los encadenara. Vivía en una peligrosa soledad, porque duraba lo suficiente para enervarme, y, en cambio, era demasiado corta para fortalecerme. Soledad peligrosa formada por tardes y veladas que transcurrían invariablemente en la compañía de dos mujeres, una de las cuales reunía todos los encantos de la viveza, la gracia y la perfección, mientras que en la otra acumulábanse los más poderosos aún, de la inocencia, de la juventud y de la belleza, que la convertían en un ser excepcional e irresistible para un hombre.
Las noches que siguieron a las excursiones de por las tardes cambiaban y fomentaban todavía más ciertas familiaridades inocentes. Mi afición natural a la música, que interpretaba ella con un sentimiento tan tierno y con un gusto femenino tan delicado, y el deseo manifestado por la bondad de recompensar mis esfuerzos con su arte por los progresos que con el mío yo lograba de ella, eran la suficiente razón para que estuviéramos juntos casi siempre. Las incidencias de la conversación, las sencillas costumbres, que daban cierta regularidad a cosas tan poco importantes como nuestros sitios en la mesa; las risas y ocurrentes observaciones de Marian dirigidas siempre contra nosotros dos, para ridiculizar mis afanes de profesor o sus entusiasmos de discípulo, incluso el inofensivo juicio de la señora Vesey al asociar a Laura y a mí bajo la expresión de «modelo de jóvenes que nunca estorban», todas estas pequeñas cosas sin importancia y otras muchas más, combinábanse a cada momento envolviéndonos en una misma atmósfera doméstica, y nos encauzaba, sin darnos cuenta a una misma finalidad sin esperanzas.
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