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La Dama de Blanco (Wilkie Collins) - pág.46

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Creo que es verter una sombra en el porvenir de la brillante heredera que se encuentra ante nosotros compararla con aquella desgraciada mujer perdida y sin amigos. Permítame usted que deseche de mí esta impresión lo antes posible. Llámela usted, se lo ruego. Llámela.
-Señor Hartright, me produce usted una extraordinaria sorpresa. Sean lo que quieran las mujeres, supuse siempre que los hombres estaban por encima de las supersticiones.
-Le ruego a usted que la llame.
-Silencio. Viene por su propia voluntad. Callémonos en su presencia. Quisiera que este secreto de la semejanza continuara siéndolo para los demás. Ven, Laura, y despierta con el piano a la señora Vesey. Ahora mismo me pedía el señor Hartright un poco de música, y esta vez la quiere ligera y alegre.
IX
Concluyó así mi emocionante día en, la casa señorial de Limmeridge. Marian y yo conservábamos el secreto. Después del descubrimiento de la semejanza, no veíamos medio de obtener nuevas luces que nos aclararan el misterio de la mujer vestida de blanco. Marian, a la primera oportunidad que tuvo, llevó cautelosamente la conversación a hablar de su madre y de recuerdos de los antiguos tiempos, entre los que se encontraba el nombre de Ana Catherick. Los recuerdos de Laura sobre este particular eran muy vagos. Sí recordaba, no obstante, haber oído hablar de la semejanza existente entre ella y la discípula favorita de su madre. Pero no dijo nada del regalo del traje blanco ni de las palabras con que la niña manifestó su agradecimiento. Estaba segura de que Ana estuvo una temporada en Limmeridge, y que regresó después a Hampshire, pero no podía decir si la madre y la hija habían vuelto en alguna ocasión o si de ellas se habían tenido noticias. En las restantes cartas de la señora Fairlie, cartas que estudió su hija con mayor atención, nada encontramos que despejara el misterio que nos preocupaba tanto. Habíamos, sin embargo, establecido la identidad de la desgraciada a quien encontré de noche, sola, en medio de una carretera. Habíamos relacionado la también la deficiente mentalidad de la niña y su exaltada gratitud hacia la señora Fairlie con el traje blanco de la fugitiva, y terminaron ahí nuestros descubrimientos.
Días y semanas se sucedieron. Las brisas del otoño comenzaron a dorar las verdes hojas de los árboles. ¡Ah, qué cortos, tranquilos y felices días! Mi narración se desliza sobre vosotros con la misma rapidez con que vosotros pasasteis ante mis miradas. De todos los placeres y comodidades que pródigamente me entregasteis, ¿qué es lo que quedó que tenga suficiente importancia para ser mencionado en estas páginas? Tan sólo la confesión más triste que puede hacer un hombre: la de su propia locura.


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