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La Dama de Blanco (Wilkie Collins) - pág.45

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Página 45 de 296


Se había cubierto la cabeza con un ligero chal blanco. Me fijé entonces en aquella figura blanca, y una innominada sensación, que no podía definir, pero que aceleraba los latidos de mi corazón, me invadió de pronto.
-Sí, de blanco -repitió Marian-. Las frases más importantes, señor Hartright, están al final de la carta. Se las voy a leer a usted ahora. No he podido por menos de fijarme en la coincidencia del traje blanco que vestía la desconocida y el que causó una extraña contestación en la pequeña discípula de mi madre. Tal vez el doctor se equivocase al pretender que la edad había de corregir las deficiencias mentales de la pobre niña. Posiblemente no se hayan corregido nunca, y lo que empezó siendo un capricho de gratitud de una niña normal haya concluido siendo la costumbre de una loca.
Pronuncié algunas palabras que ni siquiera sé cuáles fueron, porque mi atención estaba absorbida por la blanca silueta de Laura.
-Escuche usted las últimas frases de la carta -dijo Marian-. Tal vez le sorprendan.
Al levantar la carta para leer a la luz de las velas, Laura se volvió lentamente y se detuvo, ante nosotros, quedando inmóvil.
Mientras tanto, Marian me leyó las frases aludidas.
-«Ahora, amigo mío, puesto que va a terminar mi carta, no puedo demorar por más tiempo la prometida sorpresa que explicará el motivo principal de mí súbito afecto por Anita Catherick. Puedo asegurarte, mi querido Felipe, que aunque ni con mucho es tan linda, por uno de esos extraños caprichos de la naturaleza, que vemos a veces sin comprender, es el vivo retrato, en cuanto al color de cabellos, las facciones y el color de los ojos...»
-Salté del diván, antes de que Marian hubiera terminado la frase. Experimenté el mismo escalofrío que me estremeció en medio de la carretera, cuando la mujer del traje blanco apoyó su mano sobre mi hombro.
Ante mí estaba Laura, poética y solitaria figura iluminada por los rayos de la luna, y su actitud, en la forma de su cabeza y en las líneas de su rostro, contemplado a aquella distancia y en aquella penumbra, era la viva reproducción de la mujer del traje blanco. Aquella idea que, durante tantas horas lo había logrado precisar, surgió en mi mente con la rapidez del relámpago. Era algo aquel que le faltaba, era el reconocimiento del extraordinario parecido con la desdichada fugitiva de un manicomio y su propia imagen.
-También usted conviene en ello dijo Marian, dejando, caer la carta y mirándome con ojos brillantes-. Lo ve usted ahora como mi madre lo vió hace once años.
-Sí, aunque quisiera negármelo a mí mismo.


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