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La Dama de Blanco (Wilkie Collins) - pág.44

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Página 44 de 296


Como quiera que la madre no me ha dado indicación alguna con respecto a ella y a su hija, he tenido que descubrir yo sola, y esto fue al primer día y a la primera lección que le di, que la inteligencia de la pobre no está desarrollada lo suficiente con respecto a su edad. Al saberlo, decidí inmediatamente traérmela a casa y hacer venir al doctor para que la examinara con todo cuidado y me diera después su parecer. Según él, la niña puede vencer estas deficiencias en la época del desarrollo, pero dijo, además, que el género de educación a que se la someta es de gran importancia, pues la lentitud con que asimila las ideas hace que se aferre a las pocas que pueden penetrar en su mente.
»No creas, querido Felipe, con tu ligereza habitual, que me he encariñado con una imbécil. No. La pobre Anita Catherick es una niña buena y cariñosa. Incluso a veces, como podrás juzgar ahora, dice cosas tiernas, y lindas; pero lo hace siempre de un modo extraño, rápido y casi asustada. Por ejemplo: un día, viendo que estaba muy limpiamente vestida, aunque la calidad y el gusto de su traje dejaban mucho que desear, ordené a la doncella que arreglara, uno de los trajecitos blancos que ya no se pone Laura, y un sombrero del mismo color. Cuando vino, traté de explicarle que a las niñas de su edad, y, sobre todo, a las de su cutis, les sienta mejor el blanco que otro color cualquiera. Al principio pareció vacilar y no comprender lo que le decía, pero, de pronto, una llama de rubor le subió al rostro, como si hubiera realizado un violento esfuerzo. Me cogió las manos entre las suyas, tan pequeñas, ¡pobrecilla!, y me las besó diciéndome, con una solemnidad que no correspondía a sus años: «Mientras viva, iré siempre vestida de blanco. Cuando esté lejos y ya no la vuelva a ver, continuaré vestida del mismo modo, y así me parecerá que le gusta a usted más». Esto es sólo una muestra de las ocurrencias de esta niña. ¡Pobre angelito! Voy a enviarle una ¡colección de trajes blancos para todas las estaciones...»
Marian hizo una pausa y me miró.
-La mujer que encontró usted en la carretera, ¿era tan joven? -me preguntó-. ¿Tendría veintidós o veintitrés años?
-Sí, señorita -respondí-. Debía de tener aproximadamente esa edad.
-¿Dice usted que iba completamente vestida de blanco?
-Sí.
Al dar esta contestación, Laura, cruzó la puerta por tercera vez. En lugar de continuar su paseo, se paró un momento con la espalda vuelta hacia nosotros. Se apoyó en la baranda y contempló el parque que se extendía a sus pies.


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