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La Dama de Blanco (Wilkie Collins) - pág.43

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Página 43 de 296


Yo estaba en esa época completando mi educación en un colegio de París.
Estaba muy seria y me pareció algo intranquila. Laura miró entonces desde la puerta, y viéndonos ocupados, se retiró lentamente.
Marian empezó a leer:
-«Empezaré por aburrirte, mi querido Felipe, si no hablo más que de mi escuela y de mis discípulas. Pero más que yo, tiene la culpa de esto la monotonía de mi vida. Hoy tengo, además, algo nuevo que comunicarte con respecto a la nueva discípula.
»Conoces a la vieja señora Kempe, la de la tienda de al lado. Desde hace muchos años, el doctor no le da esperanzas y se consume poco a poco y día a día. Su única pariente, una hermana, llegó aquí no hace mucho para cuidarla. Vino de Hamshire, y se llama Catherick. Hace cuatro días vino a verme, acompañada de su única hija, una dulce y preciosa niña de un año más que nuestra querida Laura... »
Al pronunciar esta frase, Laura pasó de nuevo ante la puerta de la terraza. Cantaba a medía voz una de las suaves melodías que acababa de tocar al piano. Marian, esperó a que desapareciera su hermana y continuó su lectura.
-«La señora Catherick es una mujer decente y respetable, más joven que su hermana, y que parece haber sido bastante agraciada. Sin embargo, hay algo en su aspecto y en sus maneras que no acabo de comprender. Es muy reservada con respecto a sí misma, pero, a pesar de todo, hay algo que no puedo explicarte en su rostro, que parece esconder un secreto. Es lo que puede llamarse un misterio viviente. Su deseo al venir a verme a Limmeridge House es muy sencillo. Al abandonar la casa de Hampshire para cuidar a su hermana en esta enfermedad se vio obligada a traer a su hija con ella, puesto que no tenía con quien dejarla en la casa. Su hermana podía morir de pronto o durar algún tiempo, y su visita era para pedirme que su hija pudiera ser admitida en la escuela con la condición de que a la muerte de la señora Kampe pudiera sacarla para volver a su casa. Consentí sin dificultad, y aquella misma tarde, al salir Laura y yo de paseo, acompañamos a la niña, que tiene ahora once años, a la escuela.»
De nuevo, la figura ensoñadora de Laura, envuelta en las gasas blancas de su vestido e iluminada por la gloriosa luz de la luna, pasó ante la puerta. Una vez más, su hermana interrumpió la lectura hasta que se perdió de vista. Entonces prosiguió:
-«Quiero mucho a la nueva discípula, por razones que me reservo para darte una sorpresa.


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