La Dama de Blanco (Wilkie Collins) - pág.42
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Admiraba también el delicado perfil de la encantadora pianista que se destacaba claramente sobre el fondo oscuro de las paredes del salón. Afuera, en la terraza, las flores perfumadas. En el parque, las extensas praderas verdeantes movíanse agitadas tan suavemente por la brisa de la noche, que su rumor no llegaba siquiera a nuestros oídos. Estaba el cielo sin una nube, y la luna empezaba a levantarse en el horizonte, tiñendo con su pálida luz todo el paisaje. La sensación de aislamiento insensibilizaba los nervios y envolvía la mente en un celestial reposo. Este dulce descanso que nos rodeaba, armonizábase admirablemente con la ternura sublime de la música de Mozart. Fue una noche sin palabras, pero de aquellas que nunca se olvidan.
Continuábamos todos en silencio en los lugares que habíamos escogido. La señora Vesey dormía. Laura tocaba el piano y su hermana leía hasta, que se acabó la luz. La luna había llegado a dominar con su luz la terraza, y sus blancos y misteriosos rayos iluminaron el salón a través de las grandes puertas. El contraste de aquella luz plateada con la oscuridad era tan bello, que, de común acuerdo se ordenó al criado qué retirara los candelabros que traía, y quedamos en el salón sin más luz que la de las velas del piano.
Todavía duró el concierto media hora. Luego, la claridad y belleza de la luna tentó a Laura a contemplar la terraza. Yo la seguí. Al encenderse las velas del piano, Marian cambió de sitio para continuar leyendo las cartas. Se quedó sentada en una silla baja, al lado del piano y tan absorta en su ocupación, que no se dio cuenta de nuestra marcha.
Apenas estuvimos juntos cinco minutos ante la puerta de la terraza, cuando oí la voz de Marian sin su tono alegre, antes aterrada, pronunciar mi nombre.
-¡Señor Hartright! -dijo-. ¿Quiere usted, hacerme el favor de venir? Necesito hablarle.
Me apresuré a obedecer su ruego. Junto al piano, continuaba con las cartas esparcidas sobre la falda, examinando una a la luz de las velas. Me senté en un pequeño diván situado cerca del piano, y como estaba más cerca de la terraza podía distinguir la figura ideal de Laura cada vez que pisaba ante la puerta paseando lentamente a la luz de la luna.
-Me gustaría que oyera usted los pasajes de esta carta que voy a leerle ahora - dijo, Marian-. Dígame usted si aclaran su extraña aventura de Londres. Está dirigida por mi madre a su segundo esposo, el señor Fairlie, y está fechada once o doce años atrás. Entonces, mi madre, su marido y mi hermana Laura habían vivido aquí y vivieron durante algún tiempo.
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