La Dama de Blanco (Wilkie Collins) - pág.41
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Acaso volvía a acometerme la extraña sensación de que algo le faltaba a la señorita Fairlie o bien a mí. Sin embargo, experimenté un gran consuelo cuando la hora de comer me obligó a abandonar mi soledad y reunirme con las señoras de la casa.
Al entrar en el comedor, me sorprendió el contraste de los tocados de las damas. La señora Vesey y la señorita Halcombe vestían lujosamente, según su edad. La primera, de gris plata, y la segunda, con un vestido color de oro, que tan bien sentaba a su morenez y a sus cabellos negros. Laura vestía un traje de gasa blanco, que resultaba sobre ella de una pureza y elegancia incomparables. Pero, en realidad, era un traje que lo mismo podía haber llevado una muchacha de clase modesta y que resultaba mucho menos costoso que el de la señora Vesey. Tiempo después, cuando aprendí a conocerla mejor, supe que aquel curioso contraste se debía a su excesiva delicadeza y a la aversión profunda a todo género de personal exhibición de su riqueza.
Al terminar la comida volvimos al salón. El señor Fairlie, con objeto, sin duda, de emular la condescendencia de Carlos V, que recogió los pinceles del Tiziano, había encargado a su mayordomo que tuviera dispuestos los vinos que yo prefiriera para la sobremesa. Resistí a la tentación de quedarme a solas rodeado de botellas que yo había elegido, y de acuerdo con las civilizadas costumbres extranjeras, rogué a las señoras que me autorizaran a levantarme de la mesa al mismo tiempo que ellas y a acompañarlas durante las veladas, en tanto durara mi permanencia en Limmeridge.
El salón en el que ahora nos habíamos instalado encontrábase también en el piso bajo, y tenía la misma forma y proporciones que el comedor. En uno de sus extremos daban paso a la terraza, profusamente adornada de flores, unas grandes puertas de cristales. El aire, suave y tibio de la noche, lleno de los perfumes de todas ellas, nos saludó a nuestra entrada con el aroma que penetraba por las abiertas puertas vidrieras. La buena señora Vesey, la primera siempre cuando se trataba de sentarse, se acomodó en una butaca cerca de la terraza y se preparó a descabezar tranquilamente un sueño. La señorita Fairlie, cediendo a mi ruego, se sentó al piano, y yo a su lado. Desde allí pude ver a la señorita Halcombe que aprovechaba las postreras luces del crepúsculo para hojear un paquete de cartas, tal vez las de su madre.
¡Cuán vivamente, mientras escribo, surge en mi recuerdo la calma de aquella escena¡
Desde el lugar en que me encontraba me era fácil ver la figura graciosa de la señorita Halcombe, envuelta en parte por la sombra y esforzándose en leer las cartas que tenía en sus manos.
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