La Dama de Blanco (Wilkie Collins) - pág.40
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La confianza generosa en los demás era consecuencia de la lealtad y rectitud de su proceder. Lo comprendí entonces por instinto, y hoy lo sé por experiencia.
No perdimos más tiempo que el necesario para avisar a la señora Vesey, que continuaba sentada ante la mesa del comedor. Terminó así esta primera parte, o, mejor, este prólogo, antes de llegarnos al coche y dar comienzo nuestro prometido paseo. La digna viuda y la señorita Halcombe ocuparon la parte delantera, y la señorita Fairlie y yo nos sentamos ante ellas con el álbum sobre las rodillas y entregado yo, por fin, a la crítica de mis ojos profesionales. Aunque mi intención hubiera, sido juzgar con toda severidad aquellos trabajos, lo hubiesen hecho imposible las graciosas ocurrencias de la señorita, Halcombe empeñada en aquel momento en no ver más que la parte ridícula del arte practicado por su hermana, y particularmente por ella y por todas las mujeres en general. Recuerdo que la conversación me pareció mucho más interesante que los dibujos, que contemplaba maquinalmente, sobre todo la parte que correspondía a la señorita Fairlie, y ésta ha quedado tan vivamente, impresa en mi memoria, como si hubiera ocurrido hace unas pocas horas.
Reconozco que en este primer día me abandoné al encanto de su presencia, dejando que se apoderara de mí de tal modo, que no me acordé ni de la posición mía en aquella casa. La más insignificante de sus preguntas con respecto al manejo de los pinceles o mezcla de los colores, el más leve cambio de expresión en sus ojos adorables, que me miraban con el sincero deseo de saber todo cuanto yo pudiera enseñar, despertaron más mi atención que los más pintorescos paisajes que desfilaban ante nosotros o los distintos cambios de luz y sombra sobre las masas oscuras de follaje o los bancos de arena de la playa. Sean cuales fueren las circunstancias que nos rodeen, qué breve poder real tienen sobre nosotros los objetos del mundo en medio de los cuales vivimos.
Tres horas había durado nuestro paseo cuando volvimos a pasar las verjas de Limmeridge House.
De vuelta, dije a mis acompañantes que escogieran a su gusto el paisaje que debían dibujar a la tarde siguiente de acuerdo con mis primeras instrucciones. Cuando me abandonaron para vestirse para la comida de la tarde, la más ceremoniosa de todas las del día; cuando volví a encontrarme solo en el bello salón que me destinaron, pareció como si todo mi valor me abandonara de pronto.
Me sentí inquieto y poco satisfecho de mí mismo, no sabia por qué. Acaso por primera vez había de reprocharme el haber gozado de aquel paseo mucho más como huésped que como maestro de dibujo.
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