La Dama de Blanco (Wilkie Collins) - pág.39
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Este capricho de mi imaginación no era lo más a propósito para permitirme ser dueño de los actos en mi primera entrevista con Laura Fairlie.
Me fué casi imposible corresponder a sus frases afectuosas de bienvenida, tal y como la cortesía más elemental ordena. La señorita Halcombe, dándose cuenta de vacilación y considerándola, sin duda, y con bastante acierto, como consecuencia de un acceso de mi timidez, se propuso, con su natural viveza, animar nuestra conversación.
-Vea usted aquí, señor Hartright -dijo, señalando el álbum de dibujos y la bella mano que pasaba las hojas-, creo que estará usted de acuerdo conmigo en que por fin, ha encontrado una discípula modelo. En el instante en que se ha enterado que usted sé hallaba en nuestra casa, ha comenzado a mirar los árboles y se le hace tarde para empezar.
La señorita Fairlie rió de tan buen humor, que pareció su risa un rayo de sol iluminando aquella hermosa tarde.
-No puedo enorgullecerme de lo que no es cierto -dijo la niña, y su mirada clara y franca nos miró alternativamente-. Tengo una gran afición por la pintura, pero soy la primera que está convencida de mi ignorancia. Y no sé si tengo miedo o deseo empezar. Sabía que había llegado usted ya, señor Hartright, e instintivamente me he puesto a repasar mis trabajos, como acostumbraba a hacer con mis lecciones, cuando niña, temiendo que no fueran presentables.
Dijo esto con graciosa sencillez y seriedad infantiles, y volvió a observar las páginas de su álbum. La señorita Halcombe cortó aquella pequeña confesión con sus particulares y resueltas maneras.
-Buenos malos o regulares, los dibujos de la discípula han de pasar por el severo fallo del maestro. No hay mas que hablar. ¿Qué te parece, Laura, si nos los lleváramos ahora y dejáramos que el señor Hartright los examinara entre los tumbos que ha de dar el coche al pasar por los baches de la carretera? ¿Si consiguiéramos, además, que se confundiera con estos tumbos cuando mire al paisaje y no vea la diferencia entre la naturaleza tal como es y tal como no es en nuestros álbumes? Tal vez consiguiéramos dejarle en tal estado de desesperación, que hasta nos dedique algunos cumplidos y pasen estos trabajos nuestros entre sus dedos expertos sin perder, ninguna de las llores de su vanidad.
-Confío en que el señor Hartright no me dirigirá ningún cumplido -dijo Laura al salir del pabellón.
-¿Puedo permitirme preguntar -dije yo, dirigiéndome a ella por primera vez- el motivo de este deseo?
-Es muy fácil, me creería todo, cuanto usted me dijera -contestó con sencillez.
Estas palabras me dieron la clave del conocimiento de su carácter.
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