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La Dama de Blanco (Wilkie Collins) - pág.38

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Su cabello era de un castaño muy claro, ceniciento casi, pero más claro y más brillante aún que si fuera dorado; estaba dividido en dos partes, según un peinado sencillo, formando rizos naturales sobre su frente. Sus cejas eran un poco más oscuras que el cabello, y los ojos tenían ese asombroso azul turquesa tantas veces cantado por los poetas y tan pocas visto en la vida real; ojos bellos por el color, por la forma, grandes, tiernos, inteligentes y apacibles, pero bellos particularmente por la mirada de profunda lealtad que brillaba en ellos y que a través de todos sus cambios de expresión persistía como un rayo de purísima luz procedente de un mundo mejor. El suave pero penetrante encanto que trascendía su rostro cubría y transformaba sus pequeños y humanos lunares, de tal modo, que era muy difícil poder aquilatar el verdadero mérito de los demás rasgos. Había mucho que mirar antes de descubrir que la parte inferior del rostro se afilaba hacia la barbilla para poder llamarse un óvalo perfecto; que la nariz, en lugar de la curva aguileña, siempre dura y cruel en una mujer, aun considerada bella abstractamente, inclinábase un poco en sentido contrario, perdiendo así la línea griega, y que, además, los dulces y maravillosamente dibujados labios tenían una especie de contracción nerviosa, que los inclinaba ligeramente hacia el lado izquierdo al sonreír. Es muy posible que se puedan notar estos defectos leves en el rostro de otra mujer, pero no lo era observándolos en el suyo. Estaban íntimamente ligados con todo lo que era individual y característico en su expresión, y esta impresión, que difundíase sobre todas las facciones, parecía adquirir su primer impulso en aquellos incomparables ojos celestes.
Entre todo el número de sensaciones que experimenté al fijar mi mirada, por primera vez en ella, sensaciones que conocemos todos, que la vida hace surgir en casi todos los corazones, que mueren en muchos de ellos y con igual intensidad se renuevan en muy pocos, había, entre todas, una que era la que más me confundía y molestaba.
Mezclada con la impresión vivísima que me había producido el encanto de su hermoso rostro, armoniosa figura y sencillez encantadora, hubo otra que por caminos tortuosos me indujo a pensar que faltaba algo. Pensaba unas veces que provenía de ella la falta, otras que era de mí. Y todo esto me impedía comprenderla como se merecía. Cuando me miró, la impresión se hizo más intensa, es decir, cuando pude apreciar toda la armonía y belleza de su rostro, acentuóse también la perfección de algo incompleto que yo no podía descubrir. «Falta algo, falta algo», me repetía una voz interior, y no podía precisar el qué ni donde se encontraba la falta.


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