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La Dama de Blanco (Wilkie Collins) - pág.37

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Al pasar por uno de los senderos, me miró la joven moviendo la cabeza.
-Su misteriosa aventura -me dijo- continúa aún envuelta en una oscuridad impenetrable. He pasado toda la mañana leyendo las viejas cartas de mi madre, y hasta ahora no he conseguido hacer ningún descubrimiento. No obstante, no desespere usted, señor Hartright. Es un asunto muy interesante y tiene por aliada a una mujer. En estas condiciones, tarde o temprano el éxito es seguro. Aun me quedan por mirar más de tres paquetes de cartas, y puede usted estar seguro de que me enteraré esta tarde de lo que dicen.
Sin embargo, también sobre este particular vi defraudadas mis esperanzas. Sin saber por qué, empecé a temer que mi presentación a la señorita Fairlie constituyera un nuevo desencanto para las ilusiones que desde la hora del desayuno me había formado.
-¿Qué tal se ha entendido usted con el señor Fairlie? -Me preguntó al abandonar el paseo por una senda sombría, la señorita Halcombe-. ¿Se sintió usted muy nervioso esta mañana? Señor Hartright, no necesita usted pensar tanto su contestación. Sólo con pensarla me deja usted que la adivino, y me parece leer en su cara que le ha hallado usted en una de sus crisis. Como no quiero que participa usted ahora de su estado, no quiero preguntarle más.
Hablando de este modo salimos a una plazuela, en la que se encontraba un pabellón semejante a una casa suiza en miniatura. La única habitación estaba ocupada por una joven, que en aquel momento se encontraba de pie ante una mesa rústica, contemplando el paisaje desde una ventana; en la mano tenía un álbum de dibujos, cuyas hojas volvía distraídamente. Era la señorita Fairlie.
¿Cómo describirla? Y, sin embargo, no me era posible separarla de mis propias sensaciones y de todo cuanto después había sucedido. ¿Puedo verla ahora como la primera vez que mis ojos la contemplaron? Ante mí tengo en este momento la acuarela que tiempo después hice de Laura Fairlie, en la misma actitud y en el mismo lugar en que entonces se encontraba, y la representa tal y como era en aquel instante. La miro y la veo destacarse sobre el fondo verdioscuro de la ventana abierta. Es una figura esbelta y leve como la de una Hebe, sencillamente vestida con un traje de fina muselina, cuyo dibujo estaba formado por grandes rosas blancas y de azul claro. Un chal de gasa, también azul, caía de sus hombros con una gracia natural. Cubría su cabeza un sombrero de paja del mismo color, sin otro adorno que un lazo armonizando con el tono del vestido. Una sombra suave y perlada velaba la parte superior de la cabeza.


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