La Dama de Blanco (Wilkie Collins) - pág.36
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Una dulce, inofensiva e inalterablemente tranquila señora, para quien ninguna ocasión sugeríala idea de haber estado viva algún día, desde el de su nacimiento.
-Veamos, señora Vesey -comenzó la señorita Halcombe, que parecía más vivaz y despierta en comparación con aquella señora inexpresiva-, ¿qué es lo que desea usted tomar? ¿Prefiere una chuleta?
La señora Vesey cruzó plácidamente sus manos en el borde de la mesa y, sonriendo con análoga placidez, dijo:
-En efecto, querida.
-¿Qué es lo que tiene usted ahí, señor Hartright? Gallina hervida, ¿verdad? Me parece que le gusta a usted más la gallina que las chuletas, ¿no es verdad, señora Vesey?
La aludida separó las manos del borde de la mesa y las cruzó sobre su falda. Miró luego contemplativamente a la gallina y dijo:
-En efecto, querida.
-Bien, entonces, ¿qué es lo que usted quiere tomar hoy? El señor Hartright le servirá a usted la gallina, ¿o prefiere que le dé yo la chuleta?
La señora Vesey separó las manos de su falda y las colocó de nuevo sobre el borde de la mesa. Vaciló un instante y dijo por último:
-Como usted guste, querida.
-Vaya por Dios. No ha de ser como a mí me guste, sino como a usted le plazca. Será mejor que tome usted de ambas cosas, empezando por la gallina, pues veo que el señor Hartright está impaciente por servírsela.
La señora Vesey levantó una de sus manos de la mesa, sonrió de nuevo y, dedicándome una inclinación de cabeza, me dijo:
-Muchas gracias, caballero.
He de repetir que era para mí una dulce, imperturbable e inofensiva señora, pero, por ahora, no hablemos más de la señora Vesey.
Hasta aquel momento no había visto ni la menor señal de la señorita Fairlie. Terminamos la comida sin que ésta apareciera. La señorita Halcombe, a cuyos penetrantes ojos nada podía escapar, se dió cuenta de que mis miradas se fijaban de vez en cuando en la puerta.
-Le comprendo perfectamente, señor Hartright. Usted se pregunta, sin duda, qué es lo que se ha hecho de su segunda discípula. Se lo diré yo. Ha logrado que se le pasara la jaqueca y ha bajado al comedor, pero aun no tenía el suficiente apetito para acompañarnos. Si le parece a usted bien ponerse a mis órdenes, creo que conseguiremos encontrarla en algún rincón del jardín.
Cogió la sombrilla, que se hallaba al lado de una butaca, y se dispuso a cumplir su ofrecimiento, saliendo del comedor por una puerta que conducía directamente al jardín. Creo inútil añadir que abandonamos a la sonriente señora Vesey, sentada todavía a la mesa y, al parecer, con la intención de continuar allí durante todo el resto de la tarde.
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