La Dama de Blanco (Wilkie Collins) - pág.35
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En cuanto me encontré cómodamente instalado en el bello salón que me destinaron, tomé la primera resolución, que fué la de no volver a dirigir mis pasos a la habitación del señor Fairlie, excepto en el caso, muy improbable, de que éste me honrara con una invitación especialísima para efectuarle una visita. Decidido satisfactoriamente mi plan de conducta con respecto al señor Fairlie, no tardé en recobrar la serenidad de ánimo de que momentáneamente me había privado la altanera familiaridad e imprudente cortesía de mi amo actual.
Las siguientes horas de la mañana transcurrieron para mí contemplando con atención las acuarelas, arreglándolas por series, cortando sus márgenes destrozados y llevando a cabo los trabajos preliminares para emprender definitivamente la restauración.
Tal vez hubiera podido adelantar algo más en ello, pero al acercarse la hora de la comida me sentí tan inquieto y nervioso, que me fué de todo punto imposible fijar mi atención en el trabajo, aunque éste era tan sencillo.
A las dos en punto bajé de nuevo al comedor, operación que hice no sin alguna ansiedad. Ignoro por qué al acercarme a ese lugar de la casa se despertó en mí un secreto interés. Mi presentación a la señorita Fairlie acercábase por momentos. Además, si las investigaciones que pensaba hacer la señorita Halcombe en las cartas de su madre habían dado el resultado que apetecíamos, no tardaría en aclarar el misterio de la mujer del traje blanco.
VIII
Al entrar en el comedor bailé sentadas a la mesa a la Señorita Halcombe y a una señora de cierta edad. Era ésta la antigua institutriz de la señorita Fairlie, descrita por la mañana por mi graciosa compañera de desayuno como una persona que posee todas las virtudes primordiales y que, sin embargo, no sirve para nada. No puedo por menos de testimoniar aquí mi admiración con respecto a la señorita Halcombe por la fidelidad de su retrato. La señora Vesey parecía la personificación de la humana compostura y de la amabilidad femenina. La sonrisa plácida de su rostro casi redondo mostraba el tranquilo disfrute de una vida apacible. Algunos de nosotros parece como si resbaláramos a través de la vida, otros, en cambio, la atraviesan a saltos. La señora Vesey pasó por la vida sentada; sentada en casa de la mañana a la noche; sentada en el jardín; sentada junto a la ventana; sentada en sillas portables cuando se trataba de ir a paseo; sentada antes de mirar alguna cosa; sentada antes de iniciar una conversación; sentada antes de contestar afirmativa o negativamente, y sentada siempre con la misma plácida sonrisa y la misma actitud de benevolencia distinguida y análoga posición de brazos y de manos; aunque las circunstancias fueran completamente distintas.
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