La Dama de Blanco (Wilkie Collins) - pág.34
Indice General
|
Volver
Página 34 de 296
En su parte superior veíanse a varios querubines, característica del arte italiano, que asomaban sus celestiales cabecitas entre blancas nubes.
-Sería un modelo de familia -exclamó el señor Fairlie, señalando a los querubines-. Caras lindas, redondas, alas suaves y blancas, y nada más. Nada de piernas sucias, correr, meterse por todos partes, ni un asomo de pulmón con que poder gritar. ¡Qué magníficamente superior es todo esto a la construcción actual! Si me lo permite usted, volveré a cerrar los ojos. Así, ¿decía usted que es posible el arreglo de los cartones? ¡Oh, cuánto me alegro! ¿Tengo, algo qué decir? No sé. Si lo tengo, lo he olvidado por completo. Llamaremos a Luis.
Me acometían tan vehementes deseos de acabar con aquella entrevista, que decidí hacer innecesaria la intervención del criado, y me dispuse a marchar por mi cuenta y riesgo.
-Lo único que queda por discutir, señor Fairlie, es el plan de enseñanza que he de seguir con las dos señoritas.
-¡Ah, precisamente! -contestó-. Me gustar a poder tener fuerzas para tratar de este asunto. Pero no las tengo. Ellas, que han de aprovechar su talento, que lo decidan por sí mismas. Mi sobrina es una aficionada a su arte encantador, y sabe lo suficiente para reconocer sus numerosos defectos. Le ruego que se interese cuanto pueda por ella. ¿Hay otra cosa?... No. Estamos completamente de acuerdo, ¿no es cierto? bien, no tengo derecho a retenerle más. Me encanta ver que coincidimos en todo. ¡Qué gran descanso se experimenta después de haber trabajado tan intensamente! ¿Le molestará a usted llamar a Luis para que le lleve a su habitación los cartones?
-Si usted me lo permite, señor Fairlic, yo mismo los llevaré.
-¿De veras no le molestará el hacerlo? Tendrá usted bastantes fuerzas? ¡Qué dicha poder ser tan robusto! ¿Tiene usted la seguridad de que no se le caerán? Es para mí una gran satisfacción ofrecerte esta residencia mía de Limmeridge. Por mi desgracia, mis sufrimientos no me permitirán disfrutar continuadamente de su compañía. ¿Me autoriza usted a rogarle que tenga el mayor cuidado en no cerrar las puertas de golpe ni dejar caer los dibujos? Muchísimas gracias. Corra usted la cortina suavemente. El menor ruido me hiere como un cuchillo. Buenos días.
Cuando hube corrido la cortina verde y cerrado las dos hojas de la puerta, me paré un instante en el salón cuadrado que daba acceso a la habitación de donde acababa de salir, y emití un suspiro de honda satisfacción. Encontrándome, por fin, fuera de la alcoba del amo de la casa, experimenté la misma sensación de haber salido a la superficie del agua, después de haber permanecido en ella durante largo tiempo.
< Anterior
|
Siguiente >
<<<
1
2
3
4
5
6
7
8
9
10
11
12
13
14
15
16
17
18
19
20
21
22
23
24
25
26
27
28
29
30
31
32
33
34
35
36
37
38
39
40
41
42
43
44
45
46
47
48
49
50
>>>
Páginas
1-50
51-100
101-150
151-200
201-250
251-296
|