La Dama de Blanco (Wilkie Collins) - pág.33
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Los adquirí en una almoneda y están en un lamentable estado. Se me figura que huelen horriblemente a comerciante, y que incluso se ven en ellos impresos los poco aseados dedos. ¿Podría usted, encargarse de su restauración?
Aunque mis sentidos no eran lo suficientemente finos para advertir el plebeyo olor que molestaba tanto a las aristocráticas narices del señor Fairlie, mi gusto, sin embargo, estaba lo bastante cultivado para permitirme apreciar el valor de aquellos dibujos mientras los examinaba. En su mayor parte eran valiosos ejemplares del arte inglés de la acuarela, y merecían, indiscutiblemente, un trato mucho mejor que el que parecían haber sufrido en manos de su anterior dueño.
-Los cartones -comencé a decir- necesitan una completa restauración, y creo que la merecen.
-Perdóneme -interrumpió el señor Fairlie-, ¿no tomará usted a mal que cierre los ojos? Incluso esta luz es demasiado fuerte para ellos. ¿Me decía usted?...
-Que estos cartones merecen, a mi juicio, una cuidadosa restauración, todo el tiempo, el trabajo...
De pronto, el señor Fairlie abrió los ojos, y con una expresión de exagerada alarma dirigió su mirada en dirección a la ventana.
-Le ruego que me perdone -dijo casi murmurando pero estoy seguro de haber oído gritar a unos niños en el jardín, en mi jardín privado, precisamente aquí, debajo de mi ventana.
-No sabría decirle, señor Fairlie -respondí-. No he oído nada.
-Le quedaré muy agradecido... Ha tenido usted ya muchas consideraciones con mis pobres nervios. Repito que le quedaré muy agradecido si tiene usted a bien correr una punta de la persiana y comprobarlo. Por Dios, le ruego que no deje entrar un rayo de sol, señor Hartright. ¿Ha corrido usted ya la persiana? ¿Sí? Pues hágame el favor de mirar a ver si ve a alguien en el jardín.
Cumplí el nuevo encargo. El jardín estaba provisto de una cerca excelente y en su interior no veíase a ninguna criatura humana, ni grande ni pequeña. Rápidamente comuniqué la grata nueva al enfermo.
-Le quedo muy agradecido, señor Hartright. Sin duda han sido ilusiones mías. Gracias a Dios, no hay criaturas en casa. Pero esta servidumbre, que ha nacido sin nervios, a lo mejor hubiera consentido la presencia en el jardín de algún chiquillo de la aldea. Son unos granujas. ¡Dios mío, qué granujas! ¿Tendré valor para decírselo, señor Hartright? A mi parecer, se está imponiendo una modificación en la construcción del ser humano. Según parece, la única idea de la naturaleza al construir a estos seres fué producir una máquina de ruido incesante. ¿No cree usted mucho más acertado la concepción: de nuestro divino Rafael?
Señaló el cuadro de la Virgen.
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