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La Dama de Blanco (Wilkie Collins) - pág.32

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Comenzó entonces a jugar con la nueva colección de monedas y los cepillitos, mirando y remirando con languidez a las primeras mientras me hablaba.
-Muy agradecido, y de nuevo discúlpeme. ¿Siente usted algún interés por las monedas antiguas? ¿De veras?... Vaya. Tenemos entonces otro lazo de unión además del arte. Y con respecto a mis proposiciones económicas, ¿le satisfacen a usted?
-Completamente, señor Fairlie.
-Me alegro muchísimo, y... ¿qué más tengo que decirle? ¡Ah, sí!, ya me acuerdo. Algo con respecto a la insignificante remuneración que usted se digna aceptar a cambio de sus conocimientos artísticos. Mi mayordomo tiene el encargo de satisfacer la cuenta al fin de cada semana. ¿Algo más?... Curioso, ¿no es cierto? Sé positivamente que tengo mucho más que decirle, pero, según parece, se me ha olvidado por completo. ¿Tiene usted algún inconveniente en hacer sonar esa campanilla? De nuevo, muy agradecido.
Llamé y otro criado apareció en silencio, un extranjero, sin duda alguna, con una eterna sonrisa en los labios, los cabellos muy planchados, el ayuda de cámara, por antonomasia.
-Luis -dijo el señor Fairlie con sonador acento, limpiándose la punta de los dedos con unos de los diminutos cepillos-, he hecho esta mañana algunas apuntes en mis libretas. Búsquelas. Perdóneme señor Hartright, temo incomodarle.
Como quiera que cerrara él los ojos antes de que me fuera posible contestar, y como, en efecto, me estaba molestando extraordinariamente, continué en silencio y me puse a admirar la Virgen de Rafael. Discretamente salió el criado de la habitación, volviendo a poco con unas pequeñas libretas con tapa de marfil. El dueño de la casa, aparentando un extremo cansancio, emitió un débil suspiro y entreabrió los ojos. Tomó luego el librillo de marfil, y levanto la otra mano con el cepillito, como si quisiera decir al criado que esperara sus nuevas órdenes.
-Si, es ésta -dijo, consultándola-. Luis, quite usted de ahí ese infolio -y señaló uno que se encontraba cerca de la ventana, en un estante de caoba-. No, no; el encuadernado en piel verde. En ese se encuentran mis grabados de Rembrandt. ¿Le gustan a usted los grabados, señor Hartright? ¿Sí? Me encanta. Otro vínculo más que une nuestra amistad. El infolio de la encuadernación roja - continuó-. Por Dios, no se le caiga. No puedo explicarle, señor Hartright, el sufrimiento que experimentaría si a Luis se le cayera. ¿Está seguro sobre esa silla? ¿Quiere usted hacerme el obsequio de comprobarlo?... ¿Sí? Muchas gracias. ¿Sería usted tan amable de hojear esos dibujos, si tiene la seguridad de que no han de caerse? Puede usted retirarse, Luis. ¡Es un imbécil! ¿Por qué no recoge el librillo? ¿No está usted viendo que me canso? ¿Por qué espera a que yo se lo mande? De nuevo, señor Hartright, le ruego que admita mis excusas, pero estos criados son unos asnos, ¿no es verdad? Dígame ahora qué le parecen esos dibujos.


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