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La Dama de Blanco (Wilkie Collins) - pág.31

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Sus blancos y frágiles dedos jugueteaban negligentemente con lo que mi inexperiencia consideró un informe pedazo de metal abollado por las orillas. Entonces me detuve a respetuosa distancia para saludarle con una inclinación de cabeza.
-Es para mí un gran placer ver a usted en esta casa, señor Hartright -dijo con voz agria y ronca, cuyo tono alto y discordante se acordaba de una forma desagradable con una modulación muy lánguida-. Le ruego que se siente, pero sin mover las sillas. Mis nervios están en un estado lamentable, tanto, que el menor ruido es para mí un tormento. ¿Ha visto usted las habitaciones que le he destinado? ¿Merecen su aprobación?
-Acabo de ver el saloncito, señor Fairlie, y le aseguro a usted...
Cortó la frase, cerró los ojos y extendió una de sus blancas y transparentes manos.
Me quedé sorprendido, y pronto la voz del señor Fairlie me expuso con una especie de cacareo la causa de aquel ademán.
-Perdóneme usted, pero, ¿le sería posible hablar con un tono más bajo? En el terrible estado en que se encuentran mis nervios, cualquier ruido es para mí una tortura insoportable. Disculpe usted a un enfermo, pero considere el fatal estado de mi salud como lo que me obliga a hacer estas advertencias a todos los que se encuentran a mi lado. ¿De veras le gustan a usted las habitaciones?
-No se me hubiera ocurrido desearlas más lindas ni más cómodas -contesté con voz baja y empezando a descubrir que la egolatría del señor Fairlie y el estado de sus nervios eran una misma cosa.
-Me felicito de ello. Aquí no encontrará usted más que personas deseosas de hacerle lo más llevadera posible su vida en estos lugares. En esta casa no se participa de las mezquinas ideas inglesas con respecto a la posición social de los artistas. En mi he viajado bastante, tanto, que puedo decirse he mudado de naturaleza con respecto a este particular. Me gustaría estar en condiciones de poder afirmar lo mismo en cuanto a la aristocracia, palabra detestable, pero que no tengo más remedio que emplear en este momento, en cuanto a la aristocracia de la vecindad. Todos, señor Hartright, son totalmente profanos en cuestiones de arte. Son gente que se hubiera quedado confundida de sorpresa si hubieran visto recoger a Carlos V los pinceles del Tiziano. ¿Quiere usted hacerme el favor de trasladar este cajoncito a aquella mesa, y alcanzarme otro? Mis nervios me impiden el menor ejercicio... Así. Es usted muy amable.
Esta subrepticia orden, como comentario final a la amplia teoría con la cual me había distinguido, no dejaba, sin embargo, de tener gracia. Trasladé el cajoncito con toda la cortesía que me fué posible, y le entregué el que me pedía.


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