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La Dama de Blanco (Wilkie Collins) - pág.30

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El criado levantó ésta, abrió la puerta y me introdujo en una especie de salón. Abrió después otra puerta, levantó una nueva cortina de seda de color verde pálido y casi murmurando dijo:
-El señor Hartright -y cerró en cuanto hube entrado. El silencio que reinaba en la estancia era absoluto, y todo aquel lujo refinado, toda aquella luz y silencio eran el apropiado marco a la solitaria figura del dueño de la casa, recostado en un enorme sillón, en uno de cuyos brazos se encontraba un atril y al otro una mesa diminuta.
Si pudiera precisarse por las apariencias la edad de un hombre que ha cumplido ya los cuarenta años y que acaba de salir del tocador, la del señor Fairlie había de pasar de los cincuenta, pero no llegar, sin embargo, a los sesenta. Su cara, escrupulosamente afeitada, estaba pálida y demacrada, pero carecía de arrugas. Su nariz era aguileña y en extremo afilada. Tenía los ojos grises y saltones, mostrando cercos rojos en torno a los párpados. El cabello era escaso y fino, y tenía ese color rubio ceniza que es el más tardo en encanecer. Vestía una levita oscura, de una tela especial, más fina que el paño, y pantalones y chaleco de una blancura inmaculada. Sus pies, casi femeninos por su pequeñez, estaban cubiertos por finísimos calcetines de seda y unas chinelas dignas de una mujer. Sus dedos aristocráticos lucían dos sortijas cuyo valor, incluso mis inexpertos ojos comprendieron que debía de ser muy grande. Tanto la habitación como el caballero ofrecían a mis miradas un conjunto frágil, lánguido, excesivamente refinado, notablemente singular y desagradablemente delicado para asociarlo todo a la idea de un hombre. Pero resultaba imposible transferirlo al personal, aspecto de una mujer. La conversación tan grata que había sostenido con la señorita Halcombe durante el desayuno me había predispuesto en favor de todos los miembros de la casa, pero no puedo asegurar que el señor Fairlie obtuviera a primera vista mis simpatías.
Al acercarme más a él vi que no estaba tan desocupado como me había parecido. En medio de los numerosos objetos de arte que llenaban una mesa que se encontraba al alcance de su mano, hallábase un pequeño armario, de ébano con incrustaciones de plata, cuyos pequeños, cajones, forrados de rojo terciopelo, contenían toda clase de monedas de distintas épocas y tamaños. Uno de ellos, descansaba sobre la mesita que se encontraba al lado del brazo de la butaca, y cerca de él veíanse unos minúsculos cepillos como los usados por los joyeros, un trozo de gamuza y un pequeño frasco con un líquido desconocido, es decir, todo lo que debe emplearse en la perfecta limpieza de las monedas.


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