La Dama de Blanco (Wilkie Collins) - pág.27
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Y en cuanto, al señor Fairlie, está demasiado enfermo para poder hacer compañía a alguien. Yo ignoro lo que le aqueja. Los médicos también, y él no sabe decirlo. Todos suponemos, no obstante, que son los nervios. Pero no sabemos qué decir. Sin embargo, le aconsejo que siga usted, cuando le vea, sus inocentes manías; admire su colección de monedas, de grabados y acuarelas, y ganará su corazón. Le aseguro que si le es a usted suficiente una vida campestre habrá de sentirse muy bien aquí, entre nosotros. Desde la hora del desayuno hasta la de la comida no tendrá usted más remedio que entretenerse con los dibujos del señor Fairlie. Luego, mi hermana y yo tomaremos nuestras cajas de colores y saldremos al campo con objeto de calumniar a la naturaleza, bajo su dirección. Su capricho favorito es dibujar (hablo, naturalmente, de mi hermana, no de mí), pero comprendo que las mujeres no podrán nunca llegar a dibujar bien. Su inteligencia es muy superficial y poco observadora su mirada. Sin embargo, no importa. A ella le gusta y por complacerla hay que emborronar papel y gastar colores con la gracia que pueda tener cualquier joven bien educado. Por lo que respecta a las noches, procuraremos por nuestra parte que las pase usted lo menos mal posible. La señorita Fairlie toca maravillosamente el piano. Yo no conozco las notas, pero sí podemos jugar una partida de ajedrez o ecarté, y, naturalmente, con las inevitables deficiencias femeninas, le puedo acompañar a jugar al billar. ¿Qué le parece este programa? ¿Cree usted posible soportar esta vida tan tranquila y monótona? ¿Estará usted tal vez deseando cambios y aventuras, y le acuciará el deseo de dejar inmediatamente los bosques de Limmeridge?
Todo esto fué dicho con la sencilla gracia y espontaneidad que la caracterizaba, y sin otra interrupción por mi parte que los obligados murmullos de cortesía. Pero la palabra «aventuras», aun cuando había sido pronunciada con un sentido muy diferente, me recordó de pronto el encuentro con la mujer del traje blanco, y me propuse descubrir la relación que podría existir entre la desconocida fugitiva del manicomio y la difunta propietaria de Limmeridge Rouse.
-Aun cuando yo fuera el más aventurero de los hombres -le dije-, le aseguro a usted, señorita que no tendría ningún interés en desear vivirlas, por lo menos durante algún tiempo. La noche antes de salir de Londres ya me ocurrió una cuyo recuerdo, se lo aseguro a usted, durará mucho más que el tiempo que habite en Cumberland.
-¿Qué es lo que dice usted, señor Hartright? ¿Puedo conocer esa aventura?
-Tiene usted perfecto derecho. Su heroína me fué perfectamente desconocida, y tal vez lo sea también para usted.
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