La Dama de Blanco (Wilkie Collins) - pág.25
Indice General
|
Volver
Página 25 de 296
La mano que me extendió, ciertamente grande, pero de líneas admirables, llegó a mí con la seguridad y la gracia propias de una mujer de excelente cuna y educación. Me rogó que me sentara a la mesa con toda franqueza y cordialidad, de tal modo que, inmediatamente, me pareció que la conocía de mucho tiempo antes, y que ambos éramos dos buenos amigos que se encontraban después de una larga ausencia, en lugar de dos desconocidos, como en realidad éramos, que se ven por primera vez.
-Supongo que habrá llegado usted aquí de excelente humor y dispuesto a pasarlo lo mejor que le sea posible -siguió la joven-. De momento, tendrá usted que contentarse con que únicamente yo le acompañe en este desayuno. Mi hermana, por ahora, no puede salir de sus habitaciones, porque le aqueja ese padecimiento, esencialmente femenino que se llama jaqueca. Su institutriz, la señora Vesey, le hace compañía y le da de vez en cuando tazas de té. Nuestro tío, Mr. Fairlie, no se sienta nunca a la mesa. El estado de su salud no se lo permite, y continúa su vida de soltero retirado en sus habitaciones. En la casa no queda nadie más que yo. Sin embargo, hemos tenido aquí a dos amigas nuestras, que se marcharon ayer, las pobres, desesperadas. Esto no tiene nada de sorprendente. Durante todo el tiempo que ha durado su estancia aquí, y en virtud del estado de salud de mi tío, no nos ha sido posible presentarles a ningún ejemplar del sexo masculino con quien ellas pudieran charlar, bailar y esencialmente hacer el amor. Por tanto, la consecuencia inevitable de todo es que a nosotras no nos quedaba más solución que regañar, especialmente a las horas de comer. ¿Cómo quiere usted que cuatro mujeres coman solas todos los días en paz y sin discordia? Somos tan tontas que no nos es posible distraernos solas. Por lo que le digo, señor Hartright, puede usted darse cuenta perfectamente de que no me hago ninguna ilusión con respecto a mi propio sexo -hizo una pausa y preguntó-: ¿Prefiere usted té o café? -Y añadió luego, continuando la conversación-: Tampoco se las hace ninguna mujer, pero muy pocas tienen la franqueza de confesarlo. Parece como si le sorprendieran a usted mis palabras. ¿Por qué, señor Hartright? ¿Piensa usted, acaso, que le vamos a aguar el desayuno? En este caso, como buena amiga, le aconsejo que no tenga usted en cuenta ese jamón frío que tiene cerca del plato y que espere a que le sirvan la tortilla. Mientras tanto, le ofreceré un poco de té, para que se sienta más tranquilo. Yo haré todo cuanto pueda hacer una mujer, que en mi caso es bien poco, para contenerme y no hablar más.
< Anterior
|
Siguiente >
<<<
1
2
3
4
5
6
7
8
9
10
11
12
13
14
15
16
17
18
19
20
21
22
23
24
25
26
27
28
29
30
31
32
33
34
35
36
37
38
39
40
41
42
43
44
45
46
47
48
49
50
>>>
Páginas
1-50
51-100
101-150
151-200
201-250
251-296
|