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La Dama de Blanco (Wilkie Collins) - pág.23

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Al cabo de un cuarto de hora estaba ya dispuesto a trasladarme a mi habitación. El criado me condujo a una alcoba muy bella, sencilla y elegantemente decorada. Dirigió una mirada en torno suyo, para convencerse de que todo estaba a punto y después de haber dicho: «El desayuno es a las nueve», se inclinó y desapareció en silencio.
«¿Cuáles habían de ser mis sueños aquella noche?», pensé al apagar la luz. «¿La mujer del traje blanco? ¿Los desconocidos habitantes de esta casa?» Dormir en una mansión sin conocer a nadie, ni siquiera de vista, me producía una sensación muy extraña.
VI
Cuando, a la mañana siguiente, me levanté y abrí los postigos de la ventana de mi habitación, ante mis ojos se extendió alegremente el mar iluminado por los espléndidos rayos del sol de agosto. En el horizonte formaban una raya azulada las costas de Escocia.
Este espectáculo deslumbrador me produjo tal sorpresa, sintiéndome tan fatigado al ver las eternas paredes de ladrillo de Londres, que pareció como si entrara en mi una nueva vida, y numerosos pensamientos invadieron mi cerebro. Una confusa sensación de haber roto por entero con mi pasado me acometió, sin que por ello supiera cuáles eran las características de mi presente ni lo que el porvenir me reservaba. Todos los acontecimientos que días atrás se habían producido se desvanecieron en mi memoria como si pertenecieran a épocas muy remotas. El pintoresco modo con que mi amigo Pesca me dió conocimiento de las grandes ventajas de mi nuevo empleo, la despedida de mi madre y hermana, e incluso la aventura misteriosa que me había sucedido a mi regreso a Londres, todo parecía como si hubiera tenido efecto en las más lejanas épocas de mi vida. Aun a pesar de que la mujer vestida de blanco subsistía en mi recuerdo, había, sin embargo, palidecido y sus rasgos eran menos distintos.
Minutos antes de las nueve me dirigí al piso bajo. El solemne criado que la pasada noche me recibiera volví a encontrarlo en el pasillo, y apiadado de mí, me acompañó al comedor. Inmediatamente se abrió la puerta, mi mirada se fijó en una mesa muy grande sobre la cual había servido un abundante desayuno. La habitación era espaciosa y poseía numerosas ventanas. Mis miradas se dirigieron de la mesa a una de aquéllas, a la que se había asomado una dama que, en este momento, me volvía la espalda. Me admiró la rara belleza de su silueta, y la gracia natural de su actitud. Era alta, pero no en demasía; esbelta y de admirables proporciones. Su cabeza, bien dispuesta sobre los hombros, tenía una cierta elegancia que no excluía de ella la firmeza.


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