La Dama de Blanco (Wilkie Collins) - pág.20
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Ahora la dominaba por completo, y no podía pensar ni decir otra cosa, la idea de encerrarse en un coche y que la llevara muy lejos. Apenas recorrimos la tercera parte de la Road Avenue vimos un coche de punto detenerse en la acera opuesta. Del carruaje descendió un caballero, que no tardó en desaparecer a través de la verja de un jardín. Llamé al cochero cuando éste se disponía a fustigar al caballo. Al cruzar la calle se exaltó tanto la impaciencia de la desconocida que casi me obligó a correr.
-Es muy tarde -me dijo-. Estoy angustiada por ello.
-Caballero, no puedo servirle -me dijo el cochero con cortesía, al abrir la puerta del vehículo-, de no ser que vaya usted por el camino de Tottenham. Mi caballo está muerto de cansancio y no es posible llevarle por un camino distinto del de la cochera.
-Perfectamente. Yo sigo ese camino -dijo la desconocida con su acostumbrada rapidez, mientras con mi ayuda se instalaba en el carruaje.
Antes de dejarla entrar comprobé que el cochero no estaba bebido y que era relativamente cortés. Una vez acomodada en el interior, le supliqué que me permitiera acompañarla, para saber con seguridad si había llegado felizmente a su destino.
-No, no, no -exclamó con vehemencia-. No corro ahora ningún peligro. Me encuentro muy bien. Si es usted un caballero, recuerde lo que me ha prometido. Adelante, cochero. Le avisaré cuando haya de detenerse. Muchas gracias. ¡Oh, muchísimas gracias!
Inesperadamente, cogió mi mano, que había apoyado en la ventanilla del coche, y la besó con rapidez, al mismo tiempo que el coche se ponía en movimiento.
Quedé solo en la calle. Durante un momento tuve la idea de volver a detenerla. Ignoro por qué llamé al cochero, pero no lo bastante fuerte para que me oyera. El rumor de las ruedas se debilitó con la distancia. El coche perdióse luego al volver una esquina y con él desapareció la mujer de blanco.
Transcurrieron diez minutos, poco más o menos, y continuaba yo todavía en la misma calle, paseándome distraídamente y deteniéndome a intervalos. Hubo un instante en que dudé de la veracidad de mi aventura. Otros momentos experimentaba la vaga sensación de no haber procedido bien, y, al mismo tiempo, me preguntaba qué es lo que debiera haber hecho para obrar bien. No me acordaba de lo que tenia que hacer, ni adónde tenia que ir. No tenía conciencia de nada. Mi cabeza se hallaba en un mar de confusiones. Entonces, fui devuelto bruscamente a la realidad, por el sonido cada vez más cercano de unas ruedas que se acercaban detrás de mí. Encontrábame entonces en el lado más oscuro de la calle, oculto en las sombras que proyectaban los enormes árboles del jardín, en el lado opuesto y mejor iluminado.
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