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La Dama de Blanco (Wilkie Collins) - pág.19

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Habíamos ya alcanzado las primeras casas y nos encontrábamos muy cerca del colegio de Weslegan cuando de pronto sus facciones perdieron su dureza y de nuevo habló:
-¿Vive usted en Londres? -preguntó.
-Sí, vivo en él -contesté. Pero pensando que tal vez ella contara conmigo para algo, me apresuré a añadir: -Sin embargo, mañana me ausentaré de Londres por algún tiempo. Me voy al campo.
-¿Adónde? -preguntó-. ¿Al norte o al sur?
-Al norte. A Cumberland.
-¿Cumberland? -repitió la palabra con dulzura-. ¡Ah! ¡Me gustaría mucho ir allí! He sido muy feliz en Cumberland.
De nuevo intenté levantar la punta del velo que se interponía entre ella y yo.
-Tal vez haya usted nacido en la bella región de los lagos -insinué.
-No -me repuso-. Nací en Hampshire, pero durante cierto tiempo frecuenté una escuela en Cumberland. ¿Lagos? No me acuerdo de los lagos. Es a la aldea de Limmeridge, o, mejor dicho, a la casa de Limmeridge, donde me gustaría ir. ¡Cuánto me gustaría volver a verla!
Ahora me llegó a mí el turno de sorprenderme. En la excitación de mi curiosidad en que me hallaba en aquel momento, la referencia fortuita al lugar de la residencia del señor Fairlie en labios de mi misteriosa compañera me dejó mudo de estupor.
-¿Cree usted que nos siga alguien? -preguntó temerosa, mirando el camino en todas direcciones.
-No, no -contesté, reanudando la marcha-. Me ha sorprendido el nombre de Limmeridge, que no hace mucha oí pronunciar a ciertas personas de Cumberland.
-No serían los míos -añadió melancólicamente-. La señora Fairlie murió, y también su esposo. Probablemente su única hija esté ya casada y no sé dónde se encontrará ni quién vive ahora en Limmeridge, como tampoco si existe alguien que lleve hoy su nombre. Lo único que sé es que yo los quería a todos, especialmente a la señora Fairlie.
Pareció como si quisiera añadir algo más, pero al pronunciar la última palabra nos hallábamos ante la verja de la Road Avenue. Sentí que su brazo se contraía y, mirando ansiosamente, me preguntó:
-¿Nos mira el guarda?
No se veía al personaje aludido. Cuando pasarnos la verja, tampoco vimos a nadie. La vista de los faroles y las casas parecía alterarla y aumentar su impaciencia.
-Este es Londres -dijo-. ¿No sabría usted decirme dónde podría encontrar un coche? Estoy cansada y asustada. Quisiera encerrarme en él y que me llevara muy lejos.
Le expliqué que aun debíamos andar algunos minutos antes de llegar a una parada de coches de punto, de no ser que tuviéramos la suerte de encontrarnos con alguno libre. Enseguida procuré reanudar la conversación sobre Cumberland, pero fué en vano.


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