La Dama de Blanco (Wilkie Collins) - pág.18
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De nuevo fue su voz la que quebró el silencio.
-Quiero preguntarle una cosa -dijo de improviso-. ¿Conoce a mucha gente en Londres?
-Sí.
-¿Muchas personas de buena posición?
Había un inconfundible tono de desconfianza en esta singular pregunta. Vacilé antes de contestar.
-Algunas -dije, después de un momento de silencio.
-¿Muchas?… -Se interrumpió y miráronme sus ojos con ansiedad-. ¿Muchas que poseen el título de baronet?
Excesivamente asombrado para contestar, le pregunté a mi vez:
-¿Por qué lo pregunta?
-Porque espero, en interés mío, que exista uno de ellos quien usted no conozca.
-¿Puede usted decirme su nombre?
-No puedo... Y no me atrevería... Me olvido de mí misma cuando lo menciono. -Hablaba con voz alta y casi con fiereza. Levantó la mano cerrada, sacudiéndola en el aire con nerviosismo. Luego, haciendo un esfuerzo, logró dominarse, y bajando la voz, añadió: -Dígame usted los nombres que conoce.
No podía dejar de complacerla en una cosa tan sencilla y mencioné tres nombres. Dos de ellos eran los padres de unas alumnas mías; el otro, el de un solterón que me invitó en cierta ocasión a efectuar una travesía en su yate, con objeto de dibujarle algunos paisajes.
-¡Ah, no lo conoce usted! -exclamó ella con un suspiro de alivio-. ¿Es usted también aristócrata? ¿Cuál es su título?
-Ninguno, y estoy muy lejos de ello. Soy profesor de dibujo.
Apenas hube pronunciado esta respuesta, y por cierto con alguna amargura, cuando con la rapidez que caracterizaba todos sus actos me cogió el brazo exclamando:
-No es usted aristócrata ni tiene título. -Luego añadió, como si hablara consigo misma: -Gracias a Dios. Puedo confiar en él.
Por consideración a mi compañera, había procurado, hasta ese momento, dominar mi curiosidad. Pero no pude más y le pregunté:
-Parece que algún aristócrata le ha dado a usted serios motivos de queja. Me temo mucho que el baronet, cuyo nombre no quiere usted revelarme, le ha ocasionado alguna grave ofensa. ¿Será acaso él la causa de que esté usted aquí, a esta hora de la noche?
-No me pregunte nada. No me hable de ello -respondió-. No me siento dispuesta ahora. Fui cruelmente tratada, cruelmente engañada. ¿Sería usted tan amable que caminara más deprisa y no me preguntara nada? Necesito todas mis fuerzas para procurar tranquilizarme.
Continuamos nuestro camino con mayor rapidez. Durante más de media hora no cambiarnos una sola palabra. De vez en cuando, ya que no podía hacer otra cosa, dirigía una mirada furtiva a su semblante. Siempre era el mismo: los labios, nerviosamente contraídos; la frente ceñuda y fija la mirada ante sí, que sin embargo, parecía no ver nada de lo que tenía delante.
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