La Dama de Blanco (Wilkie Collins) - pág.17
Indice General
|
Volver
Página 17 de 296
-Puede confiar en mí para cualquier cosa que no sea desagradable. Si ha de explicarle la extraña situación en que se encuentra no hablemos de ello. No tengo derecho a interrogarla y el ruego tan sólo que me diga en qué puedo prestarle mi ayuda.
-Es usted muy bondadoso y me satisface haberle encontrado.
Por primera vez, al pronunciar estas palabras, se reveló en su voz un leve temblor emocionado. Sin embargo, ninguna lágrima empañó aquellos grandes y extraños ojos, que continuaban mirándome fijamente.
-Solamente he estado una sola vez en Londres -añadió, cada vez más rápidamente-. No conozco nada y, obre todo, esta parte. ¿Cree usted que pudiera conseguir un coche, aunque sea de cualquier clase? ¿No será ya demasiado tarde? Si usted pudriera indicarme donde conseguir un vehículo y quisiera prometerme no tratar de intervenir en nada y dejar que me aleje cuando sea oportuno… Tengo un amigo en Londres y se alegrará mucho de recibirme. No necesitaré nada más. ¿Me lo promete?
¿Qué podía hacer? Un ser desconocido hallábase enteramente en mis manos, y ese extraño ser era una mujer abandonada. No había casa alguna en las inmediaciones, ni un solo transeúnte a quien poder consultar, y ningún derecho ni divino ni humano tenía para ejercer la menor vigilancia, aunque hubiera sabido cómo. Escribo estas líneas en un gran desconsuelo, porque en ellas quedan reflejadas las sombras que proyectan acontecimientos posteriores y que oscurecieron incluso el papel en que las escribo. Sin embargo, repito, ¿qué podía hacer?
Lo único que se me ocurrió fue ganar tiempo, sondeándola y haciéndole preguntas.
-¿Esta segura que su amigo de Londres la recibirá en una hora así?
-Absolutamente segura. Prométame que me permitirá que le deje en el sitio y hora en que yo le desee, y también que no se mezclará en mis asuntos. Lo hará usted, ¿verdad?
Repitiendo por tercera vez estas palabras, apoyó su mano, una mano delgada y fría, según pude comprobar cuando la separé de la mía, sobre mi pecho, con un movimiento de dulce firmeza. Me extrañó sentir halada aquella mano en una noche tan calurosa.
-¿Lo promete?
-Sí.
Una palabra, la pequeña palabra familiar que está en los labios de todos, en todas las horas del día. ¡Desventurado de mí! Ahora tiemblo escribiéndola.
Dirigimos nuestros pasos a Londres, caminando juntos en la primera hora sosegada de un nuevo día…, yo y aquella mujer, cuyo nombre, cuyo carácter, cuya historia, cuyos propósitos en la vida, cuya propia presencia a mi lado en aquel instante eran para mi un verdadero misterio. Era todo como un sueño. ¿Era yo realmente, Walter Hartright? ¿Sería aquél el conocido y vulgar camino de los suburbios de Londres, tan frecuentados los domingos? ¿Era cierto que no había transcurrido más de una hora desde el momento en que había dejado la tranquila y digna casa de mi madre? Estaba demasiado aturdido para hablar con mi extraña compañera durante los primeros minutos.
< Anterior
|
Siguiente >
<<<
1
2
3
4
5
6
7
8
9
10
11
12
13
14
15
16
17
18
19
20
21
22
23
24
25
26
27
28
29
30
31
32
33
34
35
36
37
38
39
40
41
42
43
44
45
46
47
48
49
50
>>>
Páginas
1-50
51-100
101-150
151-200
201-250
251-296
|