La Dama de Blanco (Wilkie Collins) - pág.16
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Tenía una actitud tranquila y pausada, aunque un poco melancólica y expresando cierta desconfianza. A pesar de que no tenía precisamente las maneras de una dama, tampoco podía ser calificada como una mujer de humilde condición. El tono de su voz, a juzgar por sus palabras, me pareció mecánico. Hablaba con cierta rapidez. Sostenía con la mano una pequeña bolsa y todo su traje estaba compuesto por prendas blancas. Pese a mi inexperiencia, comprobé que no se componía de telas finas ni caras. Era esbelta y de mediana estatura. Nada indicaba el deseo de llamar la atención. Todo esto en cuanto pude observar en las circunstancias extraordinarias en que nos hallábamos. ¿Qué mujer sería aquella? ¿Qué hacía sola a semejantes horas en una carretera? Era para mí un misterio. Estoy seguro de que la mayoría de los hombres hubiera interpretado torcidamente su presencia en aquella hora sospechosa, y más aún en aquel no menos sospechoso lugar.
-¿No me ha oído usted? -preguntó con la misma calma e igual rapidez, aunque sin manifestar ninguna impaciencia-. Le he preguntado si es éste el camino de Londres.
-Sí -respondí-, éste es el camino. Va hasta St. Jhon´s Wood y Regent´s Park. Perdóneme si no le he contestado antes. Me sorprendió un poco su súbita aparición en el camino y estoy un poco aturdido.
-¡Oh, señor! Supongo que no pensará usted mal de mí, ¿verdad? No he hecho nada malo. Sufrí un accidente. Me considero muy desgraciada encontrándome sola aquí y a estas horas. ¿Cree usted que he cometido alguna mala acción?
Hablaba con una gran seriedad y extremadamente agitada. Se alejó unos pasos de mí y yo intenté tranquilizar su ánimo.
-No tengo ningún motivo para sospechar de usted, señora -le dije-. Crea que mi único interés es poder serle útil. Digo tan sólo que me ha sorprendido su presencia en este camino, porque momentos antes de verla me pareció estar solo.
Ella se volvió y me señaló con un ademán unos arbustos al lado del camino.
-Oí sus pasos -dijo la desconocida-. Me escondí para saber primero quién era el hombre a quien había de interrogar. Esperé asustada y dudando a que usted pasara. Tuve entonces que seguirle y tocarle en el hombro.
-¿Seguirme y tocarme en el hombro? ¿Por qué no hallarme? Hubiera sido más sencillo. Todo esto es muy extraño.
-¿Puedo tener confianza en usted señor? -preguntó-. ¿Pensará usted mal de mí porque he sufrido un accidente?
Se calló, confusa, y suspiró amargamente.
Me conmovieron la soledad y el desamparo evidente de la mujer. El natural y generoso impulso de la juventud se impuso a un juicio desfavorable. Con mayor sinceridad que lo hubiera hecho otro de mayor experiencia que yo, le dije a la desconocida:
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