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La Dama de Blanco (Wilkie Collins) - pág.15

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A mis pies envuelta en la niebla propia de los días sofocantes, aparecía la larga metrópolis. Pensé regresar a casa por el camino más sinuoso que hallase, para conseguir los solitarios y ventosos atajos bañados por la luna que cortaban el campo, y aproximadamente a Londres por el suburbio tomando el camino de Finchley y regresando, bajo el frío amanecer, por el lado occidental de Regent´s Park.
Encaminé mis pasos en esta dirección, disfrutando de la admirable soledad de la escena, contemplando los cambios suaves de luz y sombra que se encendían alternativamente en los campos a ambos lados de un camino. En tanto duro esta primera parte de mi paseo nocturno, mi mente, trastornada por las distintas impresiones que los cambios de paisaje me producían, no se ocupó en ninguna idea precisa, o, por mejor decir, no pensó absolutamente en nada.
Unicamente cuando quedaron detrás de mí los campos y llegué a la carretera, donde nada tenía que admirar, las ideas engendradas naturalmente en mis ocupaciones y costumbres se apoderaron de nuevo de mis pensamientos. Al terminar aquel camino me hallaba embargado totalmente por las visiones fantásticas de la Casa de Limmeridge, del señor Fairlie y de las dos señoritas cuya práctica en la acuarela en breve había de encontrarse bajo mi dirección.
De este modo llegué a un lugar, encrucijada de cuatro caminos: el de Hampstead, por el que yo venía, el de Finchley, el de West End y el que conducía a Londres. Maquinalmente tomé este último y continué ensimismando caminando por la oscura carretera, pensando en el aspecto de las dos señoritas de Cumberland. De pronto se me quedó la sangre paralizada. Una mano, leve y súbitamente, se apoyo en mi hombro.
Me volví con rapidez apretando los dedos en el puño de mi bastón.
Allí, en medio del solitario y largo camino iluminado por los rayos de la luna, como si en aquel instante hubiese brotado de la tierra o caído del cielo, hallábase una figura solitaria de mujer vestida de blanco de pies a cabeza. Su cara inclinóse gravemente con una expresión interrogadora. Con su mano libre señalábame la neblina que envolvía a Londres.
Me mostré tan sorprendido ante la rapidez de esta extraordinaria e inesperada aparición que no supe preguntarle lo que deseaba. Pero la extraña mujer habló primero.
-¿Es éste el camino de Londres? -preguntó.
La miré atentamente ante esta pregunta singular. Debía de ser entonces la una de la madrugada. Todo lo que pude distinguir a los rayos de la luna fue un rostro joven densamente pálido, demacrado e impresionante, cuyos contornos se agudizaban en las sombras; unos ojos grandes, de mirada seria y viva, labios nerviosos y trémulos de color castaño claro con reflejos dorados.


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