La Dama de Blanco (Wilkie Collins) - pág.14
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Pronunció una serie de brindis en los que rápidamente hizo votos por la salud de los míos, la mía propia, la del señor Fairlie y sus dos hijas. Por último, patéticamente, se dió a sí mismo las gracias en nombre de todos los favorecidos.
-En confianza, Walter -me dijo con tono confidencial mi pequeño amigo, cuando ambos regresábamos a Londres-, me siento muy orgulloso de mi propia elocuencia. Mi pecho se inunda de ambición. Ya verá usted cómo me eligen miembro de vuestro noble Parlamento cualquiera de estos días. El sueño de toda mi vida es éste: Ilustrísimo señor Pesca, M. P.
Al día siguiente envié las referencias pedidas al capitalista de Portland Place. Al cabo de tres días hube de suponer no sin una íntima satisfacción que mis referencias no debían de haber sido consideradas como insuficientes. No obstante, llego al cuarto día la contestación. Por ella supe que el señor Fairlie aceptaba mis servicios como profesor de sus hijas y esperaba que inmediatamente me dirigiera a Cumberland. En la postdata incluía las instrucciones necesarias para el viaje.
Malhumorado, comencé a hacer los preparativos para llevar a cabo mi marcha al día siguiente. Ya de noche llegó, para despedirse de mí, el profesor Pesca.
-El llanto que me ocasiona su ausencia -me dijo alegremente el pequeño italiano- lo enjugará la idea de saber que mi mano agradecida es la que le ha dado a usted el primer impulso para llegar a la fortuna y a la gloria. Vaya usted, pues, amigo mío. Cuando el sol brille en Cumberland (proverbio inglés) recoja usted la cosecha que le corresponda. Cásese con una de los jóvenes y llegue a ser el respetable Hartright, M. P. Y luego, cuando se encuentre en el auge de su carrera, recuerde que Pesca está aquí abajo y fue quien le proporcionó toda su suerte.
Intenté sonreír a mi amigo ante su modo de despedirse, pero no me sentí capaz de dominar mi estado de espíritu. Algo me hería dolorosamente en lo más íntimo de mí ser, mientras él pronunciaba sus alegres palabras de despedida.
Cuando volví a quedar solo no me quedaba más que hacer que dirigirme a Hampstead y despedirme de mi madre y de Sara.
IV
Durante toso el día, el tiempo fue excesivamente caluroso, y al anochecer hacia bochorno y el cielo estaba nublado.
Mi madre y mi hermana tenían tantas últimas palabras que decir que era casi medianoche cuando el criado cerró tras de mí la verja. Apresuradamente me dirigí hacia Londres por el camino más corto, pero a los pocos momentos me detuve vacilando. Se habían disipado las nubes. La luna llena brillaba serenamente en el oscuro cielo.
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