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La Dama de Blanco (Wilkie Collins) - pág.9

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Debo advertir que Pesca considerábase un perfecto inglés en cuanto al lenguaje, lo mismo que por lo que respecta a su modo de vestir y de divertirse. Había logrado aprender algunas de nuestras expresiones más usuales y las prodigaba en su conversación por el solo gusto de pronunciarlas e ignorando la mayor parte de las veces su exacto significado.
-Entre las casas de la buena sociedad londinense que frecuento yo para enseñar el idioma de mi país -continuó el profesor, entrando por fin en la esperada explicación y suprimiendo de raíz todo prólogo- hay una mucho más fina que todas las demás, situada en una gran plaza llamada Portland. Todos sabéis dónde está, ¿no es cierto? ¡Claro, claro, naturalmente! Esta casa aristocrática, queridos míos, alberga a una familia muy distinguida: una mamá bella y opulenta, tres preciosas señoritas, opulentas también, dos jóvenes hermosos y asimismo opulentos y un padre que es el más hermoso y opulento de todos, poderoso comerciante que apalea las onzas de oro, que también ha sido muy distinguido, pero que ahora, como quiera que se halla en plena calvicie y posee dos barbillas, no lo parece tanto. Bien. Atención ahora. Yo hablo del sublime Dante a las tres bellas señoritas. Pero, ¡ay, queridos míos! El lenguaje humano no basta para exponer la dificultad con que el sublime Dante penetra en aquellas lindas cabezas. Sin embargo, no importa. Todo requiere su tiempo, y cuanto más duren las lecciones, mucho mejor para mí. Repito que me prestéis atención. Figuraos ahora que estaba yo hoy, como cada día, dando mi lección a estas bellas señoritas. Los cuatro nos hallábamos en el Infierno, de Dante, en el círculo séptimo… Pero permitídme que no insista sobre esto, por cuanto para estas lindas muchachas todos los círculos de Dante son iguales. En el séptimo bostezaban, pues, a más y mejor. Yo, que veíalas dormirse por momentos, esforzábame en recitar y en explicar, consiguiendo tan sólo sofocarme con mi proverbial entusiasmo, cuando, de repente, me llega desde el pasillo un rumor de botas. No tarda en presentarse el opulento padre, con la cabeza calva y la doble barbilla. ¡Ah, queridos míos! Estoy más cerca del asunto de lo que creéis. ¿Me habéis escuchado pacientemente? No dudo de que en vuestro interior os habréis dicho: «Esta noche, Pesca trae más correa que nunca».
Declaramos al unísono que le oíamos con profundo interés. El profesor continuó:
-El opulento padre traía una carta en la mano y después de excusarse por molestarnos con los negocios de la tierra en nuestra visita a las regiones infernales, comenzó, como siempre empiezan los ingleses cualquier frase, con un inmenso: «¡Oh, oh, hijas mías! He recibido una carta de mi amigo el señor.


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