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La Dama de Blanco (Wilkie Collins) - pág.8

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Su británica corrección exaltábase indignada contra el desprecio sistemático que hacía Pesca de las apariencias, y mostrábase siempre más o menos desagradablemente sorprendida por la familiar manera con que nuestra madre trataba al original y pequeño extranjero.
-No puedo pensar en lo que hubiera sucedido, Walter -dijo mi madre-, si no llegas a venir. Pesca está medio loco de impaciencia y a mí me ha vuelto medio loca de curiosidad. Dice que tiene importantísimas noticias que darnos, de gran interés para nosotros. Pero con la mayor crueldad se ha negado a adelantarnos ni una palabra hasta que su querido Walter se encuentre entre nosotros.
-¡Qué fastidio! ¡Ya está el juego descabalado! -murmuró Sara entre dientes, entregada a la triste ocupación de recoger los restos de la taza.
Mientras tenía efecto esta conversación, Pesca, radiante de alegría y sin conceder el menor interés a la mutilación irreparable que había sufrido el juego de té por su causa, empujaba una de las butacas de la sala a uno de los extremos de ésta, como si quisiera dirigirse a nosotros como un orador público a su auditorio. Habiendo vuelto la butaca con el respaldo hacia nosotros, se acomodó en ella de rodillas, y desde este improvisado púlpito se dirigió al reducido número de sus oyentes.
-Ahora, queridos míos -comenzó Pesca, que siempre que decía «queridos míos» era cuando quería decir «amigos míos»-, prestadme atención. Ha llegado el momento de daros cuenta de una buena noticia. Por fin voy a hablar. -
-¡Bravo, bravo! -gritó mi madre, siguiendo la broma.
-Lo que se romperá seguidamente -murmuró Sara- será el respaldo del sillón.
-Me dirijo al más noble de los seres creados -continuó Pesca entusiasmado, señalando mi humilde persona desde su butaca-. ¿Quién, a causa de un calambre, me halló muerto en el fondo del mar? ¿Quién me devolvió a la superficie? ¿Qué es lo que yo dije al volver de nuevo a la vida y vestir de nuevo mis ropas?
-Mucho más de lo necesario -contesté lacónicamente, pues el hecho de animarle tratándose de este asunto implicaba, con toda seguridad, renovar la emoción experimentada por el expresivo profesor, que terminaba invariablemente derramando un torrente de lágrimas.
-Dije -continuó Pesca- que mi vida pertenecía a mi salvador hasta el último día de mí existencia, y mantengo lo dicho. También dije que jamás volvería a sentirme feliz hasta tener ocasión de hacer algo en favor de mi querido Walter, que le demostrara mi gratitud, y por fin ha llegado este venturoso día. Así, pues - añadió, gritando casi, el hombrecillo, puesto de pie, entusiasmado, sobre el sillón-, el exceso de mi felicidad surge de todos los poros de mi piel como una especie de transfiguración benéfica, porque, por mi alma y mi honor lo juro, ya está hecho todo, y lo único que puedo añadir es que mi deuda está pagada.


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