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La Dama de Blanco (Wilkie Collins) - pág.6

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Las circunstancias han hecho que sea él el primero que aparezca en esta verídica historia.
Le conocí por primera vez en cierta aristocrática mansión donde daba lecciones de su propio idioma y yo de dibujo. Todo cuanto supe de su vida era que había desempeñado un puesto prestigioso en la Universidad de Padua; que abandonó a Italia por cuestiones políticas y que hacia muchos años se había establecido en Londres como profesor de idiomas, siendo muy, respetado por cuantos le conocían. Siempre había reservado para sí la naturaleza de esas cuestiones políticas que le obligaron a abandonar su nación.
Sin llegar a ser un enano, pues estaba perfectamente proporcionado de pies a cabeza, creo, que Pesca era el hombre más pequeño que he visto, aparte de los aparecidos como fenómenos en las salas de espectáculos. Notable por su apariencia, era mucho más impresionante por la inofensiva excentricidad de su carácter. La idea principal de su vida parecía ser la de mostrar constantemente su inmensa gratitud a la poderosa nación que le había ofrecido un asilo y medio de subsistir, haciéndole posible convertirse en un auténtico inglés. No contento con el cumplido que hacia al país en general, cargaba invariablemente con su paraguas, usando invariablemente también polainas y sombrero blanco, de copa alta, aspirando a convertirse en un inglés tanto en gustos y costumbres como en indumentaria. El hombrecillo experimentaba una gran devoción por el amor que nos distingue a los ingleses hacia toda clase de deportes, practicándolos siempre que tenía oportunidad de ello, firmemente convencido de que seria capaz de adoptar nuestras diversiones, del mismo modo y con la misma facilidad con que había adoptado las polainas y el sombrero blanco nacionales.
Le había visto arriesgar ciegamente sus piernas en una caza de zorros, y en un campo de cricket, poco después, vi arriesgar su vida con la misma ceguera, en la playa de Brighton.
Nos encontramos allí por casualidad y tomamos el baño juntos. Después de habernos alejado un poco de la orilla, me sorprendió no ver a mi compañero a mis alcances. Le busqué con la vista y con gran sorpresa mía y horror también vi tras de mí a dos pequeños brazos que se movían un momento y desaparecían a continuación bajo el agua. Horrorizado, me dirigí rápidamente al lugar aquel, y cuando llegué, el desventurado hombrecillo estaba ya tenido en el fondo del mar, con la calma de la resignación; me pareció, en aquel instante, mucho más pequeño que nunca. No sin dificultades logre sacarle de allí. El aire fresco, al devolverle el sentido, le devolvió también su inocente vanidad de nadador, y en cuanto el castañeteo de sus dientes le permitió emitir algunas palabras, procuró sonreír y me aseguró que debía haber sido un calambre.


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