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La Dama de Blanco (Wilkie Collins) - pág.5

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Dejemos, pues, la palabra a Walter Hartright, profesor de dibujo, de veintiocho años de edad.
II
Era el último día del mes de julio. Acercábase la más calurosa época del verano, y nosotros, los fatigados transeúntes de las calles de Londres, comenzábamos a
pensar en sombreadas alamedas, en campos de trigo y en otoñales brisas a orillas del mar.
Por lo que respecta a mí, diré tan sólo que ya a principios de verano me quedé sin salud, sin humor y, para ser enteramente cierto, he de añadir que sin dinero alguno.
Durante el último año transcurrido no administré mis recursos profesionales con el cuidado de costumbre, y la prodigalidad de ese tiempo no me dejó otra alternativa que transcurrir muy modestamente el otoño entre la pequeña finca de mi madre, en Hampstead, y mi casa de la ciudad.
La tarde era calmosa y nublada. El ambiente, pesadísimo y asfixiante, apenas si dejaba oír el rumor distante del tránsito callejero. El leve pulsar de la vida dentro de mí y en el gran corazón de la ciudad que me rodeaba parecía latir al unísono, lánguidamente, cada vez más lánguidamente, serenándose como el sol que se ponía. Alcé los ojos del libro sobre el que estuviera soñando en vez de leer, y dejé mi cuarto para respirar el frío aire nocturno de los suburbios. Era aquella una de las dos noches que semanalmente acostumbraba a pasar en compañía de mi madre y de mí hermana. Por ello dirigí mis pasos hacia el Norte, en dirección a Hampstead.
Los acontecimientos que voy a relatar me obligan a decir que mi padre había muerto algunos años antes de la época en que esto ocurre, y que mi hermana Sara y yo éramos los únicos supervivientes de una familia de cinco hijos.
También mi padre fue profesor de dibujo. Por sus propios méritos consiguió muchos éxitos en la profesión que eligiera, y gracias a su admirable prudencia y capacidad de sacrificio, mi madre y mi hermana quedaron después de su muerte tan independientes como lo habían sido durante su vida. Yo le sucedí en la profesión, teniendo razones justificadas para sentirme satisfecho ante la perspectiva que se me ofrecía al comienzo de mi vida.
Cuando llegué a la verja de la casa de mi madre, aún veíanse en el horizonte los colores del crepúsculo. Pero la vista de Londres aparecía a mis pies como un golfo de sombras. Apenas tocada la campanilla apareció en el umbral de la puerta, abierta violentamente, mi amigo el profesor Pesca, que se adelantó a recibirme muy amablemente, emitiendo tinos inarticulados sonidos, parodia del saludo inglés.
Por sus muchos merecimientos, aparte de por el gusto que tengo yo en efectuarlo, el profesor merece una presentación formal.


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