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La Dama de Blanco (Wilkie Collins) - pág.3

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Pero los únicos episodios que pueden considerarse morosos son aquellos que el lector quiere que sean así; aquéllos donde el autor, sabiéndose en posesión de las fibras adecuadas y más hondas del alma, prolonga en nosotros su pulsación: ciertas intensidades emocionales piden su tiempo, su lentitud, su adagio, así como otras piden un crescendo o una subida reacción en cadena. El autor maneja estos cambios de velocidad con gran sabiduría. El ritmo es justo aquel que el suspenso necesita. Muy pocos autores manejan el suspenso - ¿quién, quiénes?- con la maestría de Wilkie Collins.
Dígase lo mismo de su don singular para tejer la intriga: a la vez clara y compleja, sinuosa y certera, laberíntica y coherente. El misterio, por supuesto, no se resuelve sino en el punto final. La dama de blanco, igual que La piedra lunar, es una gran pieza de relojería fina, donde todos los engranajes - muchos- calzan entre sí. Este rompecabezas ha sido armado por una mente superior: tan amplio es, y tan frondoso, y tan ajustado en su resolución final. La intrincada trama se resuelve, paso a paso, en un tejido tan sutil como bien calzado. Policialmente hablando, estamos al borde del crimen perfecto: la operación Fosco es de una astucia diabólica. Pero también la investigación es en extremo lúcida, y es casi feroz el coraje de las víctimas - del enamorado Hartright- para reivindicarse.

Como se deduce de esta observación, la novela moviliza personajes villanos y personajes heroicos, en medio de otros más neutros. Se diría que con un material humano tan definido no hay mucho que hacer: que el blanco y negro moral de la pintura liquidará el cuadro. Pero no: la pincelada de Collins sabe de la penumbra, del matiz, del claroscuro. Lo único que algunos lectores no perdonarán es el hecho moral de manifestarse aquí el poder del amor en plena actividad: el amor de las dos hermanas, Marian y Laura, y el amor de Laura y Walter; y uno y otro dotados de una grandeza estremecedora, y con destellos abundantes de heroísmo. ¿Melodramático? Sin duda, siempre que el término se use en su sentido literario formal. Quizá tampoco perdonen esos lectores la limpieza ética de este relato (¿victoriano?: sin duda, también en su mejor sentido), relato que tan fácil habría sido embadurnar con lo sórdido y lo mórbido. En realidad, estas dos calidades abundan, pero no están tratadas de manera sórdida y mórbida. Están tratadas simplemente con superioridad moral. El que esta superioridad desdiga del género narrativo no es sino un prejuicio frecuente en la modernidad (o en la posmodernidad), prejuicio desmentido por la mera existencia y calidad de una novela como ésta (y lo mismo sucede con La piedra lunar).


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