El corazón de las tinieblas (Joseph Conrad) - pág.94
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Temo que intenten reclamarla como suya. ¡Hmm! Es un caso difícil. ¿Qué cree usted que deba hacer? ¿Resistir? ¿Eh? Lo único que pido es justicia...´ Lo único que quería era justicia... sólo justicia. Llamé al timbre ante una puerta de caoba en el primer piso, y, mientras esperaba, él parecía mirarme desde los cristales, mirarme con esa amplia y extensa mirada con que había abrazado, condenado, aborrecido todo el universo. Me pareció oír nuevamente aquel grito: ´¡Ah! el horror! ¡El horror!´ "Caía el crepúsculo. Tuve que esperar en un amplio salón con tres grandes ventanas, que iban del suelo al techo, semejantes a tres columnas luminosas y acortinadas. Las patas curvas y doradas y los respaldos de los muebles brillaban bajo el reflejo de la luz. La alta chimenea de mármol ostentaba una blancura fría y monumental. Un gran piano hacía su aparición masiva en una esquina; con oscuros destellos en las superficies planas como un sombrío y pulimentado sarcófago. Se abrió una puerta, se cerró. Yo me puse de pie. "Vino hacia mí, toda de negro, con una cabeza pálida. Parecía flotar en la oscuridad. Llevaba luto. Hacía más de un año que él había muerto, más de un año desde que las noticias habían llegado, pero parecía que ella pensaba recordarlo y llorarlo siempre. Tomó mis manos entre las suyas y murmuró: ´Había oído decir que venía usted.´ "Advertí que no era muy joven.., quiero decir que no era una muchacha. Tenía una capacidad madura para la confianza, para el sufrimiento. La habitación parecía haberse ensombrecido, como si toda la triste luz de la tarde nublada se hubiera concentrado en su frente. Su cabellera clara, su pálido rostro, sus cejas delicadamente trazadas, parecían rodeados por un halo ceniciento desde el que me observaban sus ojos oscuros. Su mirada era sencilla, profunda, confiada y leal. Llevaba la cabeza como si estuviera orgullosa de su tristeza, como si pudiera decir: ´Sólo yo sé llorarle como se merece. Pero mientras permanecíamos aún con las manos estrechadas, apareció en su rostro una expresión de desolación tan intensa que percibí que no era una de esas criaturas que se convierten en juguete del tiempo. Para ella él había muerto apenas ayer. Y, ¡por Júpiter!, la impresión fue tan poderosa que a mí también me pareció que hubiera muerto sólo ayer, es más, en ese mismo momento. Los vi juntos en ese mismo instante.
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