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El corazón de las tinieblas (Joseph Conrad) - pág.93

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Sólo quedaba su recuerdo y su prometida, y en cierto modo quería también relegar eso al pasado... para entregar personalmente todo lo que de él permanecía en mí a ese olvido que es la última palabra de nuestro destino común. No me defiendo. No tenía una clara percepción de lo que realmente quería. Tal vez era un impulso de inconsciente lealtad, o el cumplimiento de una de esas irónicas necesidades que acechan en la realidad de la existencia humana. No lo sé. No puedo decirlo, pero fui. "Pensaba que su recuerdo era como los otros recuerdos de los muertos que se acumulan en la vida de cada hombre... una vaga huella en el cerebro de las sombras que han caído en él en su rápido tránsito final. Pero ante la alta y pesada puerta, entre las elevadas casas de una calle tan tranquila y decorosa como una avenida bien cuidada en un cementerio, tuve una visión de él en la camilla, abriendo la boca vorazmente como tratando de devorar toda la tierra y a toda su población con ella. Vivió entonces ante mí, vivió tanto como había vivido alguna vez... Una sombra insaciable de apariencia espléndida, de realidad terrible, una sombra más oscura que las sombras de la noche, envuelta notablemente en los pliegues de su brillante elocuencia. La visión pareció entrar en la casa conmigo: las parihuelas, los fantasmales camilleros, la multitud salvaje de obedientes adoradores, la oscuridad de la selva, el brillo de la lejanía entre los lóbregos recodos, el redoble de tambores, regular y apagado como el latido de un corazón... el corazón de las tinieblas vencedoras. Fue un momento de triunfo para la selva, una irrupción invasora y vengativa, que me pareció que debía guardar sólo para la salvación de otra alma. Y el recuerdo de lo que había oído decir allá lejos, con las figuras cornudas deslizándose a mis espaldas, ante el brillo de las fogatas, dentro de los bosques pacientes, aquellas frases rotas que llegaban hasta mí, volvieron a oírse en su fatal y terrible simplicidad. Recordé su abyecta súplica, sus abyectas amenazas, la escala colosal de sus viles deseos, la mezquindad, el tormento, la tempestuosa agonía de su espíritu. Y más tarde me pareció ver su aire sosegado y displicente cuando me dijo un día: ´Esta cantidad de marfil es ahora realmente mía. La compañía no pagó nada por ella. Yo la he reunido a costa de grandes riesgos personales.


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