El corazón de las tinieblas (Joseph Conrad) - pág.87
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"Kurtz peroraba. ¡Qué voz! ¡Qué voz! Resonó profundamente hasta el mismo fin. Su fortaleza sobrevivió para ocultar entre los magnificos pliegues de su elocuencia la estéril oscuridad de su corazón. ¡Pero él luchaba, luchaba! Su cerebro desgastado por la fatiga era visitado por imágenes sombrías... imágenes de riquezas y fama que giraban obsequiosamente alrededor de su don inextinguible de noble y elevada expresión. Mi prometida, mi estación, mi carrera, mis ideas... aquellos eran los temas que le servían de material para la expresión de sus elevados sentimientos. La sombra del Kurtz original frecuentaba la cabecera de aquella sombra vacía cuyo destino era ser enterrada en el seno de una tierra primigenia. Pero tanto el diabólico amor como el odio sobrenatural de los misterios que había penetrado luchaban por la posesión de aquella alma saciada de emociones primitivas, ávida de gloria falsa, de distinción fingida y de todas las apariencias de éxito y poder. "A veces era lamentablemente pueril. Deseaba encontrarse con reyes que fueran a recibirlo en las estaciones ferroviarias, a su regreso de algún espantoso rincón del mundo, donde tenía el proyecto de realizar cosas magnas. ´Usted les muestra que posee algo verdaderamente aprovechable y entonces no habrá limites para el reconocimiento de su capacidad´, decía. ´Por supuesto debe tener siempre en cuenta los motivos, los motivos correctos.´ Las largas extensiones que eran siempre como una misma e igual extensión, se deslizaban ante el barco con su multitud de árboles seculares que miraban pacientemente a aquel desastroso fragmento de otro mundo, el apasionado de los cambios, las conquistas, el comercio, las matanzas y las bendiciones. Yo miraba hacia adelante, llevando el timón. ´Cierre los postigos´, dijo Kurtz repentinamente un día. ´No puedo tolerar ver todo esto.´ Lo hice. Hubo un silencio. ´¡Oh, pero todavía te arrancaré el corazón!´, le gritó a la selva invisible.
"El barco se averió (como había temido), y tuvimos que detenernos para repararlo en la punta de una isla. Fue esa demora lo primero que provocó las confidencias de Kurtz. Una mañana me dio un paquete de papeles y una fotografía. Todo estaba atado con un cordón de zapatos. ´Guárdeme esto´, me pidió. ´Aquel imbécil (aludía al director) es capaz de hurgar en mis cajas cuando no me doy cuenta.´ Por la tarde volví a verle. Estaba acostado sobre la espalda, con los ojos cerrados. Me retiré sin ruido, pero le oí murmurar: ´Vive rectamente, muere, muere.
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